Cafe con Teclas

Sarita

Alguien dijo que escribir te permite
disfrutar la vida dos veces:
en el momento y en retrospectiva. Y es verdad.
Siempre me ha gustado escribir, y estoy feliz de tener este espacio donde compartir mis relatos, vivencias, opiniones y gustos.
¡Gracias por visitar!

Sarita

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woman desktop with laptop top view mock up

El 16 de octubre me llamó mi querida amiga Marta como a las 5:00 de la tarde. Era para preguntarme una cuestión de trabajo, pero no la sentí efervescente como usualmente está cuando habla conmigo. Le dije, “Oye, ¿qué tienes que suenas medio rarita?”, y me contestó: “¡Que hoy es mi cumpleaños, mira la hora que es, y todavía no me has felicitado!”.

Me sentí fatal. Horrible. No la había llamado porque se me olvidó por completo. ¿Y saben de quién es la culpa? No señores, no es mía. Es culpa de Facebook, que no me recordó de una manera eficiente y oportuna. Como a las 6:00 de la mañana me mandó una notificación de que “Fulanita de tal y dos personas más cumplen años hoy”, pero Fulanita de tal y yo no somos amigas cercanas, así de esas que se llaman para felicitar, y no me dio curiosidad averiguar quiénes eran las otras dos personas que cumplían ese día. Y una de esas dos era Marta.

Como ven, ya pasaron dos meses y sigo traumada con el tema. No solo por el cumpleaños en sí, sino porque la tecnología ha lisiado mi capacidad de retener información nueva. Me recuerdo de todo hasta aproximadamente el año 2009. Pero a partir de esa fecha es como si se hubiera llenado mi disco duro. Ni haciendo delete a archivos previos puedo generar espacio para contenido nuevo. Toda la información reciente está en una memoria externa.

Por ejemplo, recuerdo los números de teléfono de las casas de mis amigas de la infancia, de la época en que solo tenían 6 dígitos. Son números que tengo más de 20 años de no marcar, pero aún están logueados en mi memoria. Pero pregúntenme, a ver, el de la casa de mi hermano. Ese tipo es mi propia sangre, pero se casó hace como ocho años, así que se quedó por fuera. No hay forma humana de lograr que me aprenda el número de su casa. Cada vez que quiero llamar a mi cuñada debo buscarlo en el directorio del celular. (Los de mis hijos me los sé solo porque se parecen al mío).

Hablando de hijos, me sé los cumpleaños de todos mis allegados hasta el año 2009 (aproximadamente). Los que nacieron después de eso o los conocí en este ínterin, pues se fregaron. Mala suerte para todos mis sobrinos menores de ocho años, que lo más que puedo es tener una idea vaga del mes del que son. También ayuda si nacieron cerca de fechas importantes, como fiestas patrias o carnavales. (Pero como son tantos sobrinos, ya no le mando regalo a nadie, así que da lo mismo si me sé sus cumpleaños o no).

Volviendo al tema de Marta, a ella la conocí en 2014. Así que tampoco está registrada en mi disco duro original. Por eso tengo que apoyarme en cuestiones como Facebook, ¡pero el otro año estaré más vigilante!

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¿Saben cuál es el secreto para tener una buena autoestima? ¿Para ser niños felices, crecer y convertirse en adultos funcionales, adaptados y hasta con sentido del humor? Se los voy a decir, solo que no es tanto un secreto, sino más bien una cuestión de suerte. La suerte de nacer en una casa y tener una mamá como la mía.

Ella sabe que no soy perfecta. A menudo me dice que soy terca. De hecho, creo que me lo recalcó todos los días de mi vida entre los 12 y 17 años, y de vez en cuando todavía me lo recuerda. En ese entonces me cacheteó un par de veces por andar de contestona, y al día de hoy me reprende cuando ando con la mecha corta. Pero por lo demás, en sus ojos no hay nada en el mundo que yo pueda hacer mal.

Me remonto a mi infancia: cuando los niños en el salón me molestaban, su respuesta era “lo que pasa es que gustan de ti”. ¿Ah, cómo es eso? “Sí, gustan de ti. Pero les da pena decírtelo, así que te molestan para que les prestes atención”. Eso no me perecía lógico, pero qué les puedo decir. Así es el amor de las mamás. Algo parecido sucedía cuando algunas niñas de mi grado hacían fiestas o no me incluían en sus planes. La teoría de mi mamá era: “No les hagas caso; están celosas de ti”. Ok, no importaba que yo era la más gordita del salón, mi cabello parecía de escoba y en verdad me daba pena hasta pedir que me pasaran el kétchup en el comedor.

Años más tarde, cuando me babeaba por alguien que me gustaba y ese alguien no me paraba bola, ella me alentaba. “¡Llámalo tú!”. Mami, ¿¿cómo así?? “Los hombres son penosos. Cualquiera estaría FELIZ de salir contigo. Eres inteligente, eres bella. Lo que él necesita es un pequeño empujón. ¡Llámalo!”. (Jooo, ni que yo fuera Bo Derek). Literalmente, me podía MORIR antes de hacer eso. Una que otra vez traté y el tiro me salió por la culata. Pero la respuesta de mi mamá era una de las siguientes: “Es un bruto”, “Tiene mal gusto” o “Igual no te merece”.

Ay, qué tiempos… Recuerden que en los años 90 no había celulares ni redes sociales. Para seguirle el rastro a alguien la estrategia era ir a lugares donde existiera la posibilidad de coincidir con él. Eso, o gastarte un tanque de gasolina dando vueltas por la ciudad y dejarlo a la suerte… A pesar de eso, toda la vida he preferido que me correteen a mí: bajo mi óptica es mil veces mejor ser la chifeadora que ser la chifeada.

Pero bueno, retomando el tema de la autoestima, creo que gran parte de la mujer que soy hoy en día se lo debo a mi mamá. Soy un promedio de la realidad que veían mis ojos y la ilusión y cariño con que me veía su corazón.

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OK. Voy a divulgar exactamente cómo fue todo el asunto con las benditas polleras. Cuando mi mamá sugirió en el chat familiar hace unas semanas hacer una tarde típica en su casa, todo el mundo estuvo a favor. Mmm, comer bollos y tamales es una propuesta que seduce a cualquiera. Pero cuando añadió: “Y vengan todas en pollera”, el chat quedó mudo por unos segundos y de pronto empezaron los comentarios. “¿Pollera? Yo ni tengo”, dijo una, “Yo tampoco”, añadió la otra, “¿Para qué?”, argumentó una más, y no faltó quien dijera “No tengo tiempo para eso”. Mi mamá, a quien es más fácil sacarle una muela que una idea de la cabeza, no desistió del tema: la tarde de polleras iba sí o sí. Una de mis hermanas me escribió por directo: “¿Entonces? ¡Haz algo!”.

Yo tenía sentimientos mixtos al respecto. La última vez que lucí una pollera con todas las extras fue en el acto típico de kínder; ya se imaginarán, siglos atrás. Por muchos años, cada vez que llega noviembre pienso qué lindo sería engalanarme con una, pero tengo dos problemas. Uno, que no tengo pollera, y dos, que no tengo a dónde ir con una. Nunca he ido a Los Santos y no tengo el Desfile de las Mil Polleras anotado en mi agenda. O sea que aunque la idea me parecía buena, llevarla a la práctica iba a ser un poco como quedar vestida y alborotada.

MIENTRAS, mi mamá ya estaba movilizando toda su red de conexiones, averiguando quién alquilaba polleras. Cuando se enteró lo que valía, casi, casi que se echa para atrás. Pero las ganas de hacer su tarde de polleras prevaleció por encima de todo.

Poco a poco la resistencia de las demás fue dando paso a la ilusión enorme de lucir lo que muchos consideramos el traje típico más hermoso del planeta. Cuando mi mamá empezó a compartir las fotos de las polleras disponibles para alquiler en el chat, la emoción se tornó contagiosa. “¡Me pido la roja!”, “¡Me encanta la azul!”, “Wow, la blanca…”. Por mi parte me pedí la negra, e hice hincapié en que quería el “pompón” (mota) en fucsia.

Llegó el día del evento. Todas las mujeres de la familia estábamos en un estado de agitación. Cita para maquillarse, cita para peinarse, cómo vestirse. Cuando abrí la caja de los tembleques casi me caigo para atrás. ¿TODO eso iba en mi cabeza? Soy cabezona, pero no pensé que todo eso me cabría encima. Al ver las joyas por poco se me salen los ojos. Qué hermosas las cadenas, las gargantillas, zarcillos, mosquetas y tapahuesos. Voy a sonar como súper creída, y de verdad que no lo soy, pero cuando me empezaron a peinar, y las trenzas se convirtieron en moños, y los moños quedaron cubiertos por los tembleques y peinetas, literalmente sentí que me estaba enamorando de mí misma. Y eso que esa partidura en el medio no es mi mejor peinado y siento que me hace ver narizona.

A mí me da migraña hasta ponerme una vincha, así que ese día fui preparada y me tomé una Supradol de antemano. Ningún dolor de cabeza me iba a dañar el día, y eso que ya había varias en la familia diciendo que los tembleques no las dejaban ni pensar. Cuando estuve lista y me vi en el espejo, no podía dejar de mirar. La niña que vive permanentemente en mí no se quedó tranquila y también me puso a dar mil vueltas con la pollera.

Ana Isabel Illueca lo dijo al punto cuando exclamó en su poesía: “No me pidas que cambie mi vestuario por gasas ni sedas. Ninguna panameña cambiaría por nada su pollera”.

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Faltan pocos días para que se acabe noviembre, y con eso casi-casi que tenemos un pie en 2018.

Nuestro glorioso tricolor va a dar paso al rojo y verde navideño, y no quiero ponerle fin a las festividades patrias sin antes aplaudir unas cosas y abuchear otras:

Primero lo bueno: ¡Nos vamos pal Mundial! Ese día llegué a la oficina y la única que tenía su suéter rojo era yo. Veía improbable que todos los astros se alinearan a nuestro favor, pero no imposible. Horas más tarde, cuando llegué al Rommel, el tráfico era descomunal y entré al estadio al minuto 6 del partido. Me perdí entonar el himno, pero la masa de gente coreando “¡Sí se puede, sí se puede!”, me despelucó toda. En verdad se me aguaron los ojos en ese momento. El marcador demostró que sí se pudo al minuto 88, pero gasté el último 2% de carga de mi celular llamando a todo el mundo que conozco para reconfirmar que de hecho nos íbamos para Rusia.

Lo malo: Tenemos que aprender a ser más civiles. Lo pienso cada día, en varios instantes, pero nunca más que cuando estoy manejando. Algo que me desconcierta es la falta de cortesía y que la mayoría de los conductores no respetan los cruces peatonales. Les digo, a veces me da miedo parar yo y cederle el paso a alguien que quiera cruzar la calle, no vaya a ser que le atropelle el carro que viene en el carril de al lado, que pasa tan rápido que pareciera que le está huyendo a Chucky… Los que están en la comodidad de su carro, que se pongan en el lugar de quienes tienen que caminar bajo sol o lluvia, cansados, con niños o cargando paquetes, ¡y cedan el paso!

Algo bonito: La película Más que hermanos. Me hizo reír, me puso a llorar. Ojalá se gane su nominación a la Mejor Película Extranjera en los tan codiciados premios Óscar 2018.

Y lo feo: Mi hijo me contó hace unas semanas que estaba en un restaurante y en una de las mesas al aire libre se encontraba un señor en una silla de ruedas. Este señor observó cuando otro salió del restaurante, sonante y campante en sus dos piernas, y se montó en su carro estacionado en el espacio reservado para personas con discapacidad. El señor se indignó, con justa razón, y le pidió a su acompañante que lo aproximara al hombre del carro. Le cuestionó por qué, si goza de buena salud y tiene el pleno uso de sus facultades físicas, no respetaba los derechos de quienes sí requieren de ese espacio. El otro le contestó: “Le dije al biencuidao que me avisara si llegaba alguien que necesitara el estacionamiento”. En serio, ¿esto qué es? Hasta mi hijo, de 13 años, me preguntó cuando terminó de contarme, “Mami, ¿puedes creerlo?”.

La verdad que sí lo puedo creer. El juega vivo y poco importa no es un concepto ajeno a nuestra realidad. Casi casi que es el pan de cada día.

Como ven, tenemos cosas buenas, malas, bonitas y feas. Recordemos que hacer patria no es sacar nuestras banderas un mes al año y luego guardarlas hasta el próximo. Hacer patria es algo que se construye todos los días. Siendo respetuosos, tolerantes, productivos y aportando en menor o mayor medida al enaltecimiento de nuestra pequeña, pero grande Panamá.

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Para fiestas patrias fui a la escuela de mis hijos para ver el acto que prepararon los alumnos para honrar estas fechas.
Los abanderados eran los alumnos con el índice académico más alto, y los cuadros de honor desfilaron junto a ellos, en un acto sencillo pero emotivo. Primero marcharon las niñas, que eran una multitud. ¡Cómo se nota que hay niñas estudiosas!  Pero cuando salieron los varones, mmm, eran muchos menos. Me reí dentro de mi cabeza pensando que algunas cosas no cambian. Cuando yo estaba en la escuela era lo mismo: las más aplicadas éramos las niñas, los pelaos siempre querían copiar nuestras tareas, y las que se movían para vender boletos para la sociedad de graduandos éramos nosotras. Ah, y el anuario de ese año, ¿quién creen que lo hizo?
Los varones eran buenos más que nada para promover el desorden, y les doy las gracias por ello, porque el relajo es una parte fundamental de esos años escolares. Qué aburrido sería el sexto año sin algunas travesuras inocentes como “paveonas” y mojaderas…
La cosa es que cada día es más común escuchar hablar de igualdad… Mi idea no es fomentar estereotipos, pero por más que me digan lo contrario, los hombres y las mujeres NO somos iguales.  Ni nuestra apariencia ni composición es la misma, y eso no tiene nada de malo.
Cuando uno de mis hijos tenía 5 o 6 años, le llegó  una invitación para el cumpleaños de una compañerita del salón que  traía una muñeca. Como que a mi hijo le gustó la muñeca, que por varios días no la soltaba. Cuando mi esposo llegaba del trabajo y lo encontraba cargando la susodicha, me susurraba estresado “¡quítale eso!”. No hubo necesidad de quitarle nada a nadie… al cabo de unos días él mismo se aburrió de la novedad, y volvió por su cuenta a jugar con carritos y soldados.
En cambio, yo, toda la vida me incliné por el rosado. Ropa, accesorios,  muñecas… Hasta mis lentes de sol eran rosados. Mi mamá trataba de que yo variara un poco el repertorio, pero ¿qué hago? ¡Me encantaba ese color! Cuando mis padres se iban de viaje y nos traían regalos, dejaban que cada uno eligiera. Que los juguetes de armar cosas se los dieran a mi hermano; yo quería libretas, peluches y calcomanías. Lo que quiero decir es que seguro hay excepciones, pero hay cosas que a las niñas les gusta más que a los varones, y viceversa, y eso no tiene nada de bueno ni de malo. Sencillamente así es. Claro, no estoy abogando por encasillar a nadie. Como padres, debemos darles opciones a nuestros hijos, y en especial enseñarles a las niñas a ser seguras, asertivas y empoderadas. Que cada uno juegue con lo que quiera y que cada quien escoja el color que le cautiva. Y de grandes, que cada cual se dedique a lo que le gusta y lo que prefiera.
Sí, quiero igualdad de derechos, trato justo, mismo salario, y que nadie sea discriminado por su sexo. Pero en un mundo cada vez más “políticamente correcto”, prefiero, más que forzar  uniformidad,  abrazar nuestra singularidad y disfrutar sin pena lo que nos hace a cada uno especiales y diferentes.
vintage typewriter with blank paper

¡Señores y señoras; damas, caballeros y niños! Es un placer mostrarles directo desde el pasado un objeto hoy extinto: ¡la máquina de escribir!

¿Máquina de escribir? ¿Qué es eso?, se preguntarán las personas más jóvenes, aquellas que han crecido en la era de las pantallas táctiles y celulares inteligentes que ya no tienen ni siquiera botones.

Pues hubo una época, en un tiempo muy, muy lejano, en que los trabajos de la escuela se entregaban “a máquina”. Lo mismo con documentos importantes, cartas y reportes en las oficinas. ¿Computadoras? Eso ni era.

Por ende, una materia muy importante en el currículo escolar eran las clases de mecanografía para aprender a usar estos artefactos de forma eficiente y poder escribir como unas 60 palabras por minuto, usando TODOS los dedos de las manos y no uno solito.

Recuerdo el salón de mecanografía en mi escuela, con los pupitres perfectamente alineados, y cada uno con su respectiva máquina burda, pesada y llena se teclas arriba. Y les digo, absolutamente todo en esa clase era tedioso. Para empezar, meter la hoja de papel era un reto. Había que introducirla con mucha precisión para que la hoja quedara parejita, si no el lado derecho quedaba más arriba que el izquierdo y cuando empezaras a escribir todo quedaba chueco.

Cada tecla era tan dura de oprimir que terminabas la clase con dolor de mano y puedo jurar que al final del bimestre con los deditos musculosos.

Olvídense de un botón de “delete”. Más vale que no te equivocaras, porque borrar involucraba echar para atrás, ponerle una cinta blanca encima y escribir de nuevo arriba de eso, lo cual casi siempre terminaba en un mamarracho.

Poner títulos o encabezados era cosa seria. Para centrarlos tenías que contar la cantidad de letras en la oración, restarlo de 90 (si no me falla la memoria), y dividirlo en dos. El resultado era el espacio en que tenías que empezar a escribir. Como ven, era mecanografía, pero tenía su sazón de matemática.

Las clases eran taaan aburridas… Era escribir una serie de palabras una y otra y otra vez, hasta que fluyeran de tus dedos por inercia. Y ni hablar de las pruebas de velocidad a las que la profesora Ixora nos sometía. (Pero tampoco podías escribir taaan rápido, porque se podían trabar las teclas). Cuando llegabas al final de un renglón una campanita sonaba, ¡ring! y tenías que correr el cilindro para pasar a la siguiente línea.

En mi casa había una de esas máquinas que usábamos para hacer los trabajos de la escuela. Era un mamotreto pesado, que daba hasta hartera sacar del clóset. Clac, clac, clac, sonaba cada tecla. El día que mi mamá llegó a la casa con una máquina electrónica marca Brother marcó el inicio de una era y el declive de otra. Podías escribir un párrafo entero antes de ponerle “enter” y que se plasmara en el papel. Ahora sí, ¡todos queríamos hacer tareas!

Mientras escribo esta columna usando como siempre solo mis dedos índice (y el pulgar para apretar espacio), me río de que con las clases de mecanografía me pasó lo mismo que con las clases de química: pasaron 25 años y no ha habido un día en que haya pensado “esa ecuación me salvó la vida”.

Y me pregunto, ¿dónde habrán quedado todas esas máquinas? ¡Lástima que no guardé la mía!

27oct_EL_cafe

Muchas veces había escuchado una frase que dice que “del cielo llega el remedio antes que la enfermedad”. Hasta hace unos años no estaba segura exactamente de qué significaba eso, pues obviamente no se refiere a que te llegue una cajita de Panadol a la puerta de tu casa antes de que te dé fiebre o rompehueso.

Pues sabrán que la vida no me dejó con las ganas de entender y descubrí que de alguna forma u otra pone al alcance de nuestras manos, si no la solución, al menos el aliciente, antes de que se manifieste un problema. Y déjenme decirles que no me quedó la menor duda de eso.

En esta columna usualmente comparto cositas que he recogido por aquí y por allá, anécdotas graciosas y reflexiones varias. Pero en esta ocasión quiero contarles que en 1997 renuncié a un trabajo que me encantaba para iniciar un proyecto de vida llamado “matrimonio”. Pues qué les parece que 17 años después recibí una llamada con una oferta laboral la semana anterior a que dicho proyecto colapsara de manera definitiva y estrepitosa.

Como ven, mi matrimonio se fue al traste. Fue difícil, fue doloroso; tener un trabajo no resolvió mi problema, pero sí me dio un objetivo, una misión y una alternativa a quedarme en mi casa lamentándome, que probablemente es lo que hubiera hecho de no haber tenido algo más productivo a lo que dedicar mi esfuerzo mental y energía.

Este es solo un ejemplo. Hablo de mi propia experiencia cuando digo que del cielo me han mandado flotadores antes de tirarme a los momentos más escabrosos de mi vida. Algo así como “nada, pero no te ahogues”. Y es algo que agradezco, porque he llegado al otro lado viva, y fortalecida. Estoy segura de que este es el caso de todos, pero lo que ocurre es que a veces estamos tan enfocados en el problema, que perdemos de vista lo demás.

Pero la razón por la cual escribo esto es que me he dado cuenta de algo, un detalle que debemos recordar.

Los remedios (llámese relaciones pasajeras, trabajos, pasatiempos o medicamentos) tienen efectos secundarios y hay que usarlos sin abusar. Y dependiendo de qué se trate, también es necesario descontinuar su uso cuando ya no los necesitamos más.

Y así pues, aunque breve, ese fue el café de esta semana.

Pop Art Vintage advertising poster comic long hair girl with speech bubble. Pretty girl holds her glasses and look at you vector illustration

¿Nunca les ha pasado que se ponen a ver fotos viejas y lo único que pueden apreciar no es lo feliz que se veían ni lo especial que fue ese momento retratado para la posteridad, sino lo raro que estaban vestidas o lo mal que estaban peinadas?

En mis álbumes familiares estas son algunas de las cosas que resaltan y vivirán en la infamia.

* Las hombreras. Cuando yo era adolescente, por allá a finales de los 80, y mi mamá me compraba mi ropa (por no decir que me vestía), me hacía ponerme estas cosas horrorosas hasta debajo de los t-shirts. Entre más grande la hombrera, al parecer era mejor. Ella decía que uno se veía más estilizado; yo pienso que parecíamos mariscales de fútbol americano.

* La fiebre por combinar cosas. Al vestirnos y usar accesorios debe haber cierta coherencia, pero no entiendo el afán que reinó en una época de emparejar una cosa con otra: esmalte de uñas con lápiz labial. Carteras con zapatos. Y mi favorita: las medias con los scrunchies para recogerse el cabello. Afuera del Hospital Paitilla se paraba a vender una señora con dos bolsones enormes llenos de estos accesorios, y déjenme decirles que el color que buscaras, lo encontrabas. Entre eso, y las medias de colores que mi mamá me compraba (rojo, turquesa, naranja, lila… el tono que mencionen, yo lo tenía) mis medias y los scrunchies siempre combinaban, para la perplejidad de todos mis conocidos.

* Pantalones Vertigo. Bien pegados y con mucho stretch, estos pantalones eran un fenómeno. Y para asegurarse de que quedaran bien templaditos, las aperturas tenían un elástico que pasaba debajo de tus pies. Nada más faltaba que usaras tus flamantes pantalones Vertigo con botas para que te confundieran con otra cosa. Todo sea en nombre de la moda. #fashionvictim

* Jeans Z. Cavaricci. Esta historia no es mía, pero recuerdo a mi hermana menor llorar; corrijo, berrear por uno de estos jeans que mi mamá rehusaba comprarle. Con un doblez en la cintura y un corte bien baggy, sí que eran feos. Pero mi hermana era la mejor alumna de su salón y la más obediente de las hijas. Le traía muchas satisfacciones a mis padres y creo que a mi mamá le dio pesar no premiarla con la única cosa que quería en la vida, y al final capituló.

* Tops tipo bodi. Esta pieza es fenomenal y súper práctica si tu tamaño es de 0-3 meses, 3-6 meses o 6-9 meses. Para mujeres adultas, con amor propio, un body que se ajuste con botones de presión allá abajo, es un no y mil veces no. Además, te marca las llantitas.

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Martha Stewart se hizo famosa por muchas cosas: levantar un imperio multimedia, escribir varios libros, ser una anfitriona impecable, tener un panache para la decoración y lucirse en la cocina.

Pero al final del día (y sin quitarle mérito por sus múltiples logros), la recuerdo por haber ido a la cárcel, envuelta en un escándalo por haber usado información privilegiada para vender acciones de su propiedad en un negocio turbio.

Después de que cumplió su condena y salió muy regia de la cárcel luciendo un hermoso poncho que le tejió otra reclusa, hizo tremendo comeback, logrando que su compañía volviera a brillar.

Pero me desvié del tema… Eso no es nada de lo que me interesa hablar. Quiero enfocarme en el concepto de utilizar información privilegiada para impulsar una agenda secreta, muchas veces en beneficio propio y en detrimento de los demás. O lo que yo llamo medio en serio, medio en broma, “hacer un Martha Stewart”.

Es como la vez cuando era chiquita en que gustaba de un niño y cometí la imprudencia de contarle eso a otra niña, y además (por alelada) decirle cuál era el chocolate favorito del susodicho.

¿Pues qué creen? Esta niña me hizo un Martha Stewart y usó esta información a su favor. ¡Compró un Crunch y se lo regaló en el recreo!

Ahora, de adulta, hay muchas otras formas de ser víctimas de movidas sneakys como esa. Estas son algunas de las historias que recogí de mi entorno:

Es como la fresca esa a quien le cuentas sin malicia alguna de una oferta laboral tentadora y mete su hoja de vida antes que tú.

O la aprovechada a quien le dejas ver tus diseños para un proyecto y poco tiempo después presenta algo sospechosamente parecido a lo tuyo.

O la supuesta posible clienta a quien le muestras tu carta de servicios y precios, y termina montando un negocio igual al tuyo con precios ligeramente más bajos.

Y claro, no podemos obviar a la mala amiga a quien le admites de quién gustas, y cuando te vienes a enterar, te serruchó el piso y resulta que se empató con el objeto de tu afecto.

Wow, el mundo sí que está lleno de sinvergüenzas…

Mi consejo, queridos lectores, para evitar que alguien les haga un Martha Stewart, es tener cuidado con lo que decimos y a quién se lo confiamos. No todo el mundo es tan bueno y desprendido como uno. Calladitos estamos todos más seguros, y bonitos.

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Abrí el congelador con emocionada anticipación. Dos noches atrás había guardado una paleta de café rellena con crema chantillí, una de mis favoritas, que había reservado para un momento especial, como ahorita, en que tenía ganas de comerme algo indulgente y pecaminoso.

Pero uh-oh, no estaba donde la había dejado (tablilla superior, a mano derecha). Moví algunos paquetes de carne y empanadas, busco por aquí, sacudo por allá, pero la paleta había desaparecido.

Entenderán que las paletas no tienen pies ni se evaporan, así que fui marchando en chancletas donde mis hijos a interrogarlos. O más bien a extraer una confesión: “¿¡Quién se comió MI paleta!?”. Me contesta uno: “¿¿Era tuya?? Sorry, no sabía. Fui yo”, así con la indiferencia de quien admite haberse tomado un vaso de agua.
Me le quedo mirando, porque entiendo que no haya sabido que la paleta era mía, ¿pero qué le hizo pensar que era suya? Le pregunté eso y me respondió: “No sé, pensé que era de la casa”, como si la “casa” fuera un ente animado que compra cosas y se las reparte a sus habitantes…

¿Se acuerdan del capítulo de Friends en que un colega de Ross se comió su sándwich de pavo ultraespecial hecho con sobras de la cena de Thanksgiving, y que Ross se tapa los ojos con los dedos, y exclama “¿¡My sandwich!?”. ¿Y los pájaros de Central Park salen volando? Pues sí, yo soy Ross.

Y es por eso que ahora tengo que ingeniar maneras y lugares para esconder mis cosas para que nadie se las coma. ¿A alguien más le pasa eso?
En la oficina una vez sucedió que fui a la neverita por mi soda de dieta, ¡y horrores! había desaparecido. Después de una investigación exhaustiva dimos con la culpable. (Epílogo: fue un error genuino; no hubo mano criminal. El día antes celebramos un cumple en la oficina, y Thalia pensó que la soda había sobrado del agasajo).

No crean que soy mezquina; yo compro cosas ricas para todos, pero la diferencia es que en mi casa guardo mis chocolates para cuando se me antoje comérmelos. Pero, ¿saben qué pasa? Los demás se acaban los suyos y vienen a llorarme por los míos. Por eso hace tiempo desarrollé la técnica de esconderlos. Les digo que me he vuelto tan buena en eso, que a veces estoy buscando un estado de cuenta en el fondo de mi gaveta y ¡voilá!, aparece un Toblerone. Quedo tan sorprendida como quien saca un conejo de un sombrero, porque ni recordaba que tenía eso.

En definitiva que encontrar un chocolate en tu gaveta solo se compara con meter la mano en el bolsillo y sacar un billete de $5 (o hasta $10).

Cafe con Teclas

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