Cafe con Teclas

Sarita

Alguien dijo que escribir te permite
disfrutar la vida dos veces:
en el momento y en retrospectiva. Y es verdad.
Siempre me ha gustado escribir, y estoy feliz de tener este espacio donde compartir mis relatos, vivencias, opiniones y gustos.
¡Gracias por visitar!

Sarita

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Holding hands open with glowing lights on dark background

La semana pasada terminé mi relato tratando de irme de Aventura Mall, en Miami, tras un incidente confuso con un posible shooter.

Las luces de las sirenas, helicópteros sobrevolando y camiones verdes de los rescatistas eran parte del panorama afuera del mall. Ah, y mi celular se quedó sin carga.

La última persona con la que llegué a hablar fue con mi hijo, pero ya no tenía forma de indicarle dónde ni cómo encontrarme en el exterior del vasto mall.

De pronto vi a una señora parada debajo de una palmera toda iluminada con las lucecitas de Navidad, cargando su celular en el enchufe de los foquitos. Me aproximé, hice lo mismo que ella y nos pusimos a conversar. Su nombre era María Auxiliadora, era venezolana y estaba con los nervios de punta, tratando desesperadamente de pedir un Uber. Mi celular ya había resucitado y pude escribirle a mi hijo dónde me podía recoger. Le dije a la señora “Dificulto mucho que consiga un Uber como está la cosa acá. Pero si gusta, la puedo llevar a mi casa y de seguro de ahí podrá llamar”.

Así que le dimos un aventón a la señora. En mi edificio pudo llamar su Uber y la acompañamos mientras la vinieron a buscar.

Mientras, mi carro se había quedado en el valet parking del mall. Pensé que no lo iba a poder retirar hasta el día siguiente, pero a las 9:40 p.m. recibí un mensaje de texto indicando que fuera por él antes de que cerraran a las 10:00. Me fui corriendo de vuelta para el mall, pero como estaba totalmente acordonado, el Uber me dejó a la orilla de la calle.

Mi reloj marcaba las 10:02 p.m. Apresuré el paso para cubrir los 100 metros hasta el puesto del valet parking, preocupada por llegar a tiempo. Cuando atisbé que aún había gente, comencé a mover mis brazos y decirles que wait! Con la emoción de ver que aún no habían cerrado, no vi el tope de cemento de un estacionamiento. Me tropecé, salí VOLANDO, al igual que mi cartera, el celular, todo, caí de frente, sentí mi cachete izquierdo rozar el suelo, hice como una voltereta y terminé sentada mirando hacia el lado contrario. (Me da pena contar esto porque sueno como la más torpe de las torpes, pero ni modo). Todos lo que vieron esa caída tan aparatosa vinieron corriendo a socorrerme. Pero les dije que estaba bien, y cuando me recobré de ese tropiezo, me paré solita. Me examiné las manos, moví mis dedos, me tocaba la cara, conté mis dientes… No podía creer que no me pasó NADA. Me raspé feo la rodilla, pero eso fue porque tenía puesto un jean con huecos. Si no fuera por eso, creo que hasta mis rodillas hubieran salido ilesas. Les digo que hasta revisé mi ropa y no se le jaló ni un hilo a mi suéter tejido. No se le cayó ni una perlita y ni siquiera se me ensució.

En serio, no podía creerlo. Conozco personas que con caídas mucho menos dramáticas se han abierto la quijada, torcido el tobillo, hasta roto un hombro.

Cuando llegué a mi casa, mi amiga Sarita, que ya había escuchado las noticias, me llamó para preguntarme del “tiroteo”. Le dije “Olvida el tiroteo. El verdadero milagro es que me caí, barrí el asfalto y no me saqué la M; todavía no entiendo cómo”. Su respuesta fue “Seguro algo bueno hiciste hoy”, pero le respondí “No, no hice nada particularmente bueno…”, y ahí me recordé de la señora venezolana a quien traje hasta mi casa, que esperé a que se montara en su Uber, y que sus últimas palabras antes de irse fueron las gracias y un “que Dios la bendiga”, que me repitió dos veces.

De niña me decían que cada vez que hacemos una buena acción creamos un ángel protector. Ahora, a la edad que tengo, puedo decir que lo creo. Lo creo.

police car

Aventura Mall, Miami, estaba, como era de esperar la noche antes de Navidad, en ebullición; las personas como hormigas de un lado a otro, haciendo sus compras de última hora.

Yo no pensaba estar ahí. Solo con ver la fila de carros daba pereza acercarse al centro comercial, pero quería complacer a mis hijos y a mi mamá con sus encargos antes de regresarme a Panamá. Así que dejé el carro en valet parking y me bajé.

Ya había entrado a American Eagle; me faltaba recoger los lentes de mi papá. Caminaba tranquila, marinándome en el ambiente festivo, chateando por el celular, cuando escuché los gritos y sentí la estampida de gente. Voltee a ver, mi corazón se saltó un latido y después casi le da un infarto.

No entendía lo que estaba pasando, pero empecé a correr también, suponiendo que más atrás, de donde venía esa marea humana, había algún lunático o terrorista haciendo un desastre.

La gente se tiraba dentro de los almacenes buscando refugio. Hice lo mismo, justo antes de que cerraran la puerta, y todos nos atrincheramos lo más atrás que pudimos.

Quería avisarle a mi familia lo que estaba pasando, pero tampoco los quería asustar. ¿Será que les mando un mensaje diciéndoles que los quiero mucho? No, eso era demasiado cliché. Y si me moría (¡Dios libre!), lo último que quería era que mi voice note se tornara viral y empezara a circular en todos los grupos de Whatsapp. Así que le chatee a mi hermana para que estuviera al tanto de lo que pasaba.

El desconcierto era total; nadie sabía qué estaba pasando, pero se especulaba que había uno o varios shooters dentro del centro comercial. De pronto, más gritos, y terminamos todos apretujados en el depósito del almacén. Algunos lloraban, otros estaban en silencio, y claro, no faltaba quien se tiraba su Facebook Live. ¡Ay, los tiempos en que vivimos! Yo imaginaba que en cualquier momento iba a entrar un encapuchado armado a disparar a la gente arbitrariamente, así, como uno solo ve en las noticias y películas. Así que dije: “Diosito, por favor no me dejes morirme aquí”. (Además de que si me hubiera pasado algo, mi mamá JAMÁS se hubiera perdonado el haberme mandado al mall por unos lentes).

Voy a sacarlos del suspenso e irme al final de la historia y decirles que resultó ser una falsa alarma. No supimos qué fue lo que pasó, pero el pánico, el miedo y el susto fueron muy reales. Y menos mal, porque de lo contrario no sé ni qué hubiera pasado. Donde yo estaba, la gente corría para todos lados, el gerente del almacén donde me metí no sabía qué hacer ni a quién llamar. La verdad creo que paré en el lugar equivocado, porque mi amiga Joy, por su parte, también estaba en el mall comprando un cargador en la tienda Apple. Allá los reconfortaron a todos, les dijeron que no se preocuparan porque el vidrio de la tienda es blindado, tenían disponible cargadores para el celular, wifi gratis, les ofrecieron botellitas de agua y hasta les sirvieron paquetitos de frutas secas.

Nos desalojaron a todos por las puertas traseras de los almacenes. Afuera había policías, bomberos y helicópteros. Obviamente, la gente del valet parking no estaba, no había dónde tomar un taxi y nadie me quería llevar.

Pero si creen que esto fue lo más increíble de la historia, se equivocan. Continúo mi relato la próxima semana…

Fresh small radish

Esta es mi última columna del año. Por lo usual (o mejor dicho, los dos años anteriores, porque este espacio apenas cumple tres añitos la otra semana), trato de culminar con un mensaje esperanzador, un recuento de interés o alguna reflexión oportuna para despedir el año con bombitas y serpentinas.

Pero no se me ocurrió nada en esa línea, así que les dejo esta interesante anécdota, que aunque parezca simple, resuelve un misterio prehistórico en mi cabeza. La incógnita de ¿por qué las personas hacen las cosas que hacen?

Los seres humanos tenemos la necesidad de controlar. Muchos no lo admitimos, pero es así. Queremos controlar lo que los demás piensan, dicen y hasta lo que hacen, por supuesto, inclinándolo a lo que mejor nos funcione. Si pudiéramos, hasta trataríamos de manipular el clima. Para muestra un botón: recuerdo alguna vez haber metido dos cuchillos cruzados dentro de un vaso de agua porque alguien dijo que esa era la fórmula para que no lloviera…

Pero lo cierto es que en nuestras vidas muchas veces no podemos controlarnos a nosotros mismos; entonces qué pretendemos hacer con los demás. Lo único que queda es darle mil vueltas en nuestra cabeza a las cosas que vemos, vivimos, no entendemos y no queremos, tratando de encontrarle una justificación válida. A mí me pasa hasta el punto del trastorno.

Entonces, tenía días, si no semanas, con este tema necio rondando mis pensamientos. Hasta que un día fui a visitar a mi papá a la casita en su finca. Era un domingo apacible, y la tímida brisa acariciaba apenitas las ramas de los pinos. Mi papá escuchaba la música árabe que tanto le gusta, yo jugueteaba con el celular, y ambos apreciamos un hermoso atardecer desde la terraza.

Aproveché ese “quality time” que no siempre tenemos para contarle un poco de mi semana y charlábamos de la vida. De pronto le dije: “Sabes pa, no entiendo las decisiones y las cosas que hace la gente”, refiriéndome a un tema muy puntual. Mi papá tomó un sorbo de su café turco, me miró y contestó: “Sarita, hay personas a quienes les gusta el melón y hay otras a quienes les gusta el rábano”.

Y así de fácil quedó mi dilema resuelto. Fin de la historia. ¡Feliz Año Nuevo, queridos lectores!

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¿Cómo resumes en una ceremonia tantos primeros días de clases, comprar útiles, hacer tareas, mandar mensajitos en la cartuchera, revisar notas, recibir quejas de los profesores, tratar de salvar materias, asistir a los actos en la escuela?

Si cuento desde el principio, son 15 años desde nursery hasta sexto año… Recuerdo cuando llevé a mi hijo de la mano a su primer día de clases y lo dejé en el salón llorando. No olvido que cada vez que me veía en la escuela se le iluminaba su carita con emoción. Claro, con el paso del tiempo esa alegría dio paso a señales de alarma: “¿Qué hace mi mamá en la escuela? ¿¿Quién y por qué la llamó??”. Ay, y eso que a mí sí me llamaron mucho, para todo. Tanto que llegué a conocer bastante bien a la coordinadora de parvulario, al de primaria y a la de secundaria, quien dicho sea de paso fue mi profesora de química hace algunos añitos.
Estoy tratando de hacer memoria y tengo neblina en la cabeza. Ni yo puedo precisar cómo y en qué se fueron los años, pero lo cierto es que volaron, y mi hijo mayor se graduó la semana pasada de secundaria.

La invitación decía 6:00 p.m. Salí de mi casa 40 minutos antes, anticipando el tráfico de diciembre. Milagrosamente, no había tranque y me demoró 11 minutos la manejada, siendo yo, por una vez en mi vida, la primera en llegar. Y no exagero. En el auditorio solo estábamos la fotógrafa y yo. Y cuando vi el enorme letrero de Promoción 2017 en el fondo, y las sillas de los graduandos alineadas sobre la tarima, sentí que las primeras lágrimas se me iban a asomar. Abrí mi carterita y me di cuenta de que los Kleenex se me habían quedado en la casa. Le dije a mi chiquito (7 años), que estaba sentado a mi lado: “Gabu, por fa ve al baño a buscarme Kleenex”. Se rió y me dijo medio burlón: “Ma, ¿vas a llorar?”. Le contesté que lo más probable era que sí. Me preguntó que cuántos quería y le dije que con tres eran suficientes.

El chiquillo fue al baño de la escuela, y ustedes saben que en esos baños no hay cajitas con Kleenex, sino esos aparatos en las paredes en los que debes bajar una palanquita para que dispensen papel. Cuando veo a Gabriel regresar, venía arrastrando por todo el pasillo del auditorio una tira kilométrica de papel. Me le quedé mirando. “¡Te dije que tres!”, y me contestó muy pícaro “¡Pensé que tres mil era mejor!”. Eso me hizo reír entre la emoción, la gratitud y nostalgia que me embargaban en esos momentos.

Volviendo a mi graduando, pensar que fue un niño tan tremendo, que me llamaban de la escuela al menos una vez por semana. Ahora me lleva una cabeza y está en el top five de mis mayores orgullos. No por sus notas, qué va. Pero sí por ver el adulto maravilloso en que ese niño travieso se está convirtiendo.
Esa noche, cuando lo vi marchar, sí se me salieron las lágrimas. Agua salada mezclada con nostalgia, alegría y satisfacción.

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El 16 de octubre me llamó mi querida amiga Marta como a las 5:00 de la tarde. Era para preguntarme una cuestión de trabajo, pero no la sentí efervescente como usualmente está cuando habla conmigo. Le dije, “Oye, ¿qué tienes que suenas medio rarita?”, y me contestó: “¡Que hoy es mi cumpleaños, mira la hora que es, y todavía no me has felicitado!”.

Me sentí fatal. Horrible. No la había llamado porque se me olvidó por completo. ¿Y saben de quién es la culpa? No señores, no es mía. Es culpa de Facebook, que no me recordó de una manera eficiente y oportuna. Como a las 6:00 de la mañana me mandó una notificación de que “Fulanita de tal y dos personas más cumplen años hoy”, pero Fulanita de tal y yo no somos amigas cercanas, así de esas que se llaman para felicitar, y no me dio curiosidad averiguar quiénes eran las otras dos personas que cumplían ese día. Y una de esas dos era Marta.

Como ven, ya pasaron dos meses y sigo traumada con el tema. No solo por el cumpleaños en sí, sino porque la tecnología ha lisiado mi capacidad de retener información nueva. Me recuerdo de todo hasta aproximadamente el año 2009. Pero a partir de esa fecha es como si se hubiera llenado mi disco duro. Ni haciendo delete a archivos previos puedo generar espacio para contenido nuevo. Toda la información reciente está en una memoria externa.

Por ejemplo, recuerdo los números de teléfono de las casas de mis amigas de la infancia, de la época en que solo tenían 6 dígitos. Son números que tengo más de 20 años de no marcar, pero aún están logueados en mi memoria. Pero pregúntenme, a ver, el de la casa de mi hermano. Ese tipo es mi propia sangre, pero se casó hace como ocho años, así que se quedó por fuera. No hay forma humana de lograr que me aprenda el número de su casa. Cada vez que quiero llamar a mi cuñada debo buscarlo en el directorio del celular. (Los de mis hijos me los sé solo porque se parecen al mío).

Hablando de hijos, me sé los cumpleaños de todos mis allegados hasta el año 2009 (aproximadamente). Los que nacieron después de eso o los conocí en este ínterin, pues se fregaron. Mala suerte para todos mis sobrinos menores de ocho años, que lo más que puedo es tener una idea vaga del mes del que son. También ayuda si nacieron cerca de fechas importantes, como fiestas patrias o carnavales. (Pero como son tantos sobrinos, ya no le mando regalo a nadie, así que da lo mismo si me sé sus cumpleaños o no).

Volviendo al tema de Marta, a ella la conocí en 2014. Así que tampoco está registrada en mi disco duro original. Por eso tengo que apoyarme en cuestiones como Facebook, ¡pero el otro año estaré más vigilante!

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¿Saben cuál es el secreto para tener una buena autoestima? ¿Para ser niños felices, crecer y convertirse en adultos funcionales, adaptados y hasta con sentido del humor? Se los voy a decir, solo que no es tanto un secreto, sino más bien una cuestión de suerte. La suerte de nacer en una casa y tener una mamá como la mía.

Ella sabe que no soy perfecta. A menudo me dice que soy terca. De hecho, creo que me lo recalcó todos los días de mi vida entre los 12 y 17 años, y de vez en cuando todavía me lo recuerda. En ese entonces me cacheteó un par de veces por andar de contestona, y al día de hoy me reprende cuando ando con la mecha corta. Pero por lo demás, en sus ojos no hay nada en el mundo que yo pueda hacer mal.

Me remonto a mi infancia: cuando los niños en el salón me molestaban, su respuesta era “lo que pasa es que gustan de ti”. ¿Ah, cómo es eso? “Sí, gustan de ti. Pero les da pena decírtelo, así que te molestan para que les prestes atención”. Eso no me perecía lógico, pero qué les puedo decir. Así es el amor de las mamás. Algo parecido sucedía cuando algunas niñas de mi grado hacían fiestas o no me incluían en sus planes. La teoría de mi mamá era: “No les hagas caso; están celosas de ti”. Ok, no importaba que yo era la más gordita del salón, mi cabello parecía de escoba y en verdad me daba pena hasta pedir que me pasaran el kétchup en el comedor.

Años más tarde, cuando me babeaba por alguien que me gustaba y ese alguien no me paraba bola, ella me alentaba. “¡Llámalo tú!”. Mami, ¿¿cómo así?? “Los hombres son penosos. Cualquiera estaría FELIZ de salir contigo. Eres inteligente, eres bella. Lo que él necesita es un pequeño empujón. ¡Llámalo!”. (Jooo, ni que yo fuera Bo Derek). Literalmente, me podía MORIR antes de hacer eso. Una que otra vez traté y el tiro me salió por la culata. Pero la respuesta de mi mamá era una de las siguientes: “Es un bruto”, “Tiene mal gusto” o “Igual no te merece”.

Ay, qué tiempos… Recuerden que en los años 90 no había celulares ni redes sociales. Para seguirle el rastro a alguien la estrategia era ir a lugares donde existiera la posibilidad de coincidir con él. Eso, o gastarte un tanque de gasolina dando vueltas por la ciudad y dejarlo a la suerte… A pesar de eso, toda la vida he preferido que me correteen a mí: bajo mi óptica es mil veces mejor ser la chifeadora que ser la chifeada.

Pero bueno, retomando el tema de la autoestima, creo que gran parte de la mujer que soy hoy en día se lo debo a mi mamá. Soy un promedio de la realidad que veían mis ojos y la ilusión y cariño con que me veía su corazón.

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OK. Voy a divulgar exactamente cómo fue todo el asunto con las benditas polleras. Cuando mi mamá sugirió en el chat familiar hace unas semanas hacer una tarde típica en su casa, todo el mundo estuvo a favor. Mmm, comer bollos y tamales es una propuesta que seduce a cualquiera. Pero cuando añadió: “Y vengan todas en pollera”, el chat quedó mudo por unos segundos y de pronto empezaron los comentarios. “¿Pollera? Yo ni tengo”, dijo una, “Yo tampoco”, añadió la otra, “¿Para qué?”, argumentó una más, y no faltó quien dijera “No tengo tiempo para eso”. Mi mamá, a quien es más fácil sacarle una muela que una idea de la cabeza, no desistió del tema: la tarde de polleras iba sí o sí. Una de mis hermanas me escribió por directo: “¿Entonces? ¡Haz algo!”.

Yo tenía sentimientos mixtos al respecto. La última vez que lucí una pollera con todas las extras fue en el acto típico de kínder; ya se imaginarán, siglos atrás. Por muchos años, cada vez que llega noviembre pienso qué lindo sería engalanarme con una, pero tengo dos problemas. Uno, que no tengo pollera, y dos, que no tengo a dónde ir con una. Nunca he ido a Los Santos y no tengo el Desfile de las Mil Polleras anotado en mi agenda. O sea que aunque la idea me parecía buena, llevarla a la práctica iba a ser un poco como quedar vestida y alborotada.

MIENTRAS, mi mamá ya estaba movilizando toda su red de conexiones, averiguando quién alquilaba polleras. Cuando se enteró lo que valía, casi, casi que se echa para atrás. Pero las ganas de hacer su tarde de polleras prevaleció por encima de todo.

Poco a poco la resistencia de las demás fue dando paso a la ilusión enorme de lucir lo que muchos consideramos el traje típico más hermoso del planeta. Cuando mi mamá empezó a compartir las fotos de las polleras disponibles para alquiler en el chat, la emoción se tornó contagiosa. “¡Me pido la roja!”, “¡Me encanta la azul!”, “Wow, la blanca…”. Por mi parte me pedí la negra, e hice hincapié en que quería el “pompón” (mota) en fucsia.

Llegó el día del evento. Todas las mujeres de la familia estábamos en un estado de agitación. Cita para maquillarse, cita para peinarse, cómo vestirse. Cuando abrí la caja de los tembleques casi me caigo para atrás. ¿TODO eso iba en mi cabeza? Soy cabezona, pero no pensé que todo eso me cabría encima. Al ver las joyas por poco se me salen los ojos. Qué hermosas las cadenas, las gargantillas, zarcillos, mosquetas y tapahuesos. Voy a sonar como súper creída, y de verdad que no lo soy, pero cuando me empezaron a peinar, y las trenzas se convirtieron en moños, y los moños quedaron cubiertos por los tembleques y peinetas, literalmente sentí que me estaba enamorando de mí misma. Y eso que esa partidura en el medio no es mi mejor peinado y siento que me hace ver narizona.

A mí me da migraña hasta ponerme una vincha, así que ese día fui preparada y me tomé una Supradol de antemano. Ningún dolor de cabeza me iba a dañar el día, y eso que ya había varias en la familia diciendo que los tembleques no las dejaban ni pensar. Cuando estuve lista y me vi en el espejo, no podía dejar de mirar. La niña que vive permanentemente en mí no se quedó tranquila y también me puso a dar mil vueltas con la pollera.

Ana Isabel Illueca lo dijo al punto cuando exclamó en su poesía: “No me pidas que cambie mi vestuario por gasas ni sedas. Ninguna panameña cambiaría por nada su pollera”.

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Faltan pocos días para que se acabe noviembre, y con eso casi-casi que tenemos un pie en 2018.

Nuestro glorioso tricolor va a dar paso al rojo y verde navideño, y no quiero ponerle fin a las festividades patrias sin antes aplaudir unas cosas y abuchear otras:

Primero lo bueno: ¡Nos vamos pal Mundial! Ese día llegué a la oficina y la única que tenía su suéter rojo era yo. Veía improbable que todos los astros se alinearan a nuestro favor, pero no imposible. Horas más tarde, cuando llegué al Rommel, el tráfico era descomunal y entré al estadio al minuto 6 del partido. Me perdí entonar el himno, pero la masa de gente coreando “¡Sí se puede, sí se puede!”, me despelucó toda. En verdad se me aguaron los ojos en ese momento. El marcador demostró que sí se pudo al minuto 88, pero gasté el último 2% de carga de mi celular llamando a todo el mundo que conozco para reconfirmar que de hecho nos íbamos para Rusia.

Lo malo: Tenemos que aprender a ser más civiles. Lo pienso cada día, en varios instantes, pero nunca más que cuando estoy manejando. Algo que me desconcierta es la falta de cortesía y que la mayoría de los conductores no respetan los cruces peatonales. Les digo, a veces me da miedo parar yo y cederle el paso a alguien que quiera cruzar la calle, no vaya a ser que le atropelle el carro que viene en el carril de al lado, que pasa tan rápido que pareciera que le está huyendo a Chucky… Los que están en la comodidad de su carro, que se pongan en el lugar de quienes tienen que caminar bajo sol o lluvia, cansados, con niños o cargando paquetes, ¡y cedan el paso!

Algo bonito: La película Más que hermanos. Me hizo reír, me puso a llorar. Ojalá se gane su nominación a la Mejor Película Extranjera en los tan codiciados premios Óscar 2018.

Y lo feo: Mi hijo me contó hace unas semanas que estaba en un restaurante y en una de las mesas al aire libre se encontraba un señor en una silla de ruedas. Este señor observó cuando otro salió del restaurante, sonante y campante en sus dos piernas, y se montó en su carro estacionado en el espacio reservado para personas con discapacidad. El señor se indignó, con justa razón, y le pidió a su acompañante que lo aproximara al hombre del carro. Le cuestionó por qué, si goza de buena salud y tiene el pleno uso de sus facultades físicas, no respetaba los derechos de quienes sí requieren de ese espacio. El otro le contestó: “Le dije al biencuidao que me avisara si llegaba alguien que necesitara el estacionamiento”. En serio, ¿esto qué es? Hasta mi hijo, de 13 años, me preguntó cuando terminó de contarme, “Mami, ¿puedes creerlo?”.

La verdad que sí lo puedo creer. El juega vivo y poco importa no es un concepto ajeno a nuestra realidad. Casi casi que es el pan de cada día.

Como ven, tenemos cosas buenas, malas, bonitas y feas. Recordemos que hacer patria no es sacar nuestras banderas un mes al año y luego guardarlas hasta el próximo. Hacer patria es algo que se construye todos los días. Siendo respetuosos, tolerantes, productivos y aportando en menor o mayor medida al enaltecimiento de nuestra pequeña, pero grande Panamá.

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Para fiestas patrias fui a la escuela de mis hijos para ver el acto que prepararon los alumnos para honrar estas fechas.
Los abanderados eran los alumnos con el índice académico más alto, y los cuadros de honor desfilaron junto a ellos, en un acto sencillo pero emotivo. Primero marcharon las niñas, que eran una multitud. ¡Cómo se nota que hay niñas estudiosas!  Pero cuando salieron los varones, mmm, eran muchos menos. Me reí dentro de mi cabeza pensando que algunas cosas no cambian. Cuando yo estaba en la escuela era lo mismo: las más aplicadas éramos las niñas, los pelaos siempre querían copiar nuestras tareas, y las que se movían para vender boletos para la sociedad de graduandos éramos nosotras. Ah, y el anuario de ese año, ¿quién creen que lo hizo?
Los varones eran buenos más que nada para promover el desorden, y les doy las gracias por ello, porque el relajo es una parte fundamental de esos años escolares. Qué aburrido sería el sexto año sin algunas travesuras inocentes como “paveonas” y mojaderas…
La cosa es que cada día es más común escuchar hablar de igualdad… Mi idea no es fomentar estereotipos, pero por más que me digan lo contrario, los hombres y las mujeres NO somos iguales.  Ni nuestra apariencia ni composición es la misma, y eso no tiene nada de malo.
Cuando uno de mis hijos tenía 5 o 6 años, le llegó  una invitación para el cumpleaños de una compañerita del salón que  traía una muñeca. Como que a mi hijo le gustó la muñeca, que por varios días no la soltaba. Cuando mi esposo llegaba del trabajo y lo encontraba cargando la susodicha, me susurraba estresado “¡quítale eso!”. No hubo necesidad de quitarle nada a nadie… al cabo de unos días él mismo se aburrió de la novedad, y volvió por su cuenta a jugar con carritos y soldados.
En cambio, yo, toda la vida me incliné por el rosado. Ropa, accesorios,  muñecas… Hasta mis lentes de sol eran rosados. Mi mamá trataba de que yo variara un poco el repertorio, pero ¿qué hago? ¡Me encantaba ese color! Cuando mis padres se iban de viaje y nos traían regalos, dejaban que cada uno eligiera. Que los juguetes de armar cosas se los dieran a mi hermano; yo quería libretas, peluches y calcomanías. Lo que quiero decir es que seguro hay excepciones, pero hay cosas que a las niñas les gusta más que a los varones, y viceversa, y eso no tiene nada de bueno ni de malo. Sencillamente así es. Claro, no estoy abogando por encasillar a nadie. Como padres, debemos darles opciones a nuestros hijos, y en especial enseñarles a las niñas a ser seguras, asertivas y empoderadas. Que cada uno juegue con lo que quiera y que cada quien escoja el color que le cautiva. Y de grandes, que cada cual se dedique a lo que le gusta y lo que prefiera.
Sí, quiero igualdad de derechos, trato justo, mismo salario, y que nadie sea discriminado por su sexo. Pero en un mundo cada vez más “políticamente correcto”, prefiero, más que forzar  uniformidad,  abrazar nuestra singularidad y disfrutar sin pena lo que nos hace a cada uno especiales y diferentes.
vintage typewriter with blank paper

¡Señores y señoras; damas, caballeros y niños! Es un placer mostrarles directo desde el pasado un objeto hoy extinto: ¡la máquina de escribir!

¿Máquina de escribir? ¿Qué es eso?, se preguntarán las personas más jóvenes, aquellas que han crecido en la era de las pantallas táctiles y celulares inteligentes que ya no tienen ni siquiera botones.

Pues hubo una época, en un tiempo muy, muy lejano, en que los trabajos de la escuela se entregaban “a máquina”. Lo mismo con documentos importantes, cartas y reportes en las oficinas. ¿Computadoras? Eso ni era.

Por ende, una materia muy importante en el currículo escolar eran las clases de mecanografía para aprender a usar estos artefactos de forma eficiente y poder escribir como unas 60 palabras por minuto, usando TODOS los dedos de las manos y no uno solito.

Recuerdo el salón de mecanografía en mi escuela, con los pupitres perfectamente alineados, y cada uno con su respectiva máquina burda, pesada y llena se teclas arriba. Y les digo, absolutamente todo en esa clase era tedioso. Para empezar, meter la hoja de papel era un reto. Había que introducirla con mucha precisión para que la hoja quedara parejita, si no el lado derecho quedaba más arriba que el izquierdo y cuando empezaras a escribir todo quedaba chueco.

Cada tecla era tan dura de oprimir que terminabas la clase con dolor de mano y puedo jurar que al final del bimestre con los deditos musculosos.

Olvídense de un botón de “delete”. Más vale que no te equivocaras, porque borrar involucraba echar para atrás, ponerle una cinta blanca encima y escribir de nuevo arriba de eso, lo cual casi siempre terminaba en un mamarracho.

Poner títulos o encabezados era cosa seria. Para centrarlos tenías que contar la cantidad de letras en la oración, restarlo de 90 (si no me falla la memoria), y dividirlo en dos. El resultado era el espacio en que tenías que empezar a escribir. Como ven, era mecanografía, pero tenía su sazón de matemática.

Las clases eran taaan aburridas… Era escribir una serie de palabras una y otra y otra vez, hasta que fluyeran de tus dedos por inercia. Y ni hablar de las pruebas de velocidad a las que la profesora Ixora nos sometía. (Pero tampoco podías escribir taaan rápido, porque se podían trabar las teclas). Cuando llegabas al final de un renglón una campanita sonaba, ¡ring! y tenías que correr el cilindro para pasar a la siguiente línea.

En mi casa había una de esas máquinas que usábamos para hacer los trabajos de la escuela. Era un mamotreto pesado, que daba hasta hartera sacar del clóset. Clac, clac, clac, sonaba cada tecla. El día que mi mamá llegó a la casa con una máquina electrónica marca Brother marcó el inicio de una era y el declive de otra. Podías escribir un párrafo entero antes de ponerle “enter” y que se plasmara en el papel. Ahora sí, ¡todos queríamos hacer tareas!

Mientras escribo esta columna usando como siempre solo mis dedos índice (y el pulgar para apretar espacio), me río de que con las clases de mecanografía me pasó lo mismo que con las clases de química: pasaron 25 años y no ha habido un día en que haya pensado “esa ecuación me salvó la vida”.

Y me pregunto, ¿dónde habrán quedado todas esas máquinas? ¡Lástima que no guardé la mía!

Cafe con Teclas

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