Cafe con Teclas

Sarita

Alguien dijo que escribir te permite
disfrutar la vida dos veces:
en el momento y en retrospectiva. Y es verdad.
Siempre me ha gustado escribir, y estoy feliz de tener este espacio donde compartir mis relatos, vivencias, opiniones y gustos.
¡Gracias por visitar!

Sarita

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Several banknotes American dollars lie in the niche of the central console of the car. The money in the car

Hola. Quisiera saber, ¿alguno de mis lectores es abogado o domina materias legales? Pregunto para que me ilustre si es normal lo que le sucedió a mis hijos el otro día.

Domingo de Super Bowl, 10:30 p.m. aproximadamente. Mis hijos habían observado el partido en casa de su papá, y una vez terminó, se dispusieron a regresar a la mía. El mayor, que ya tiene 18 años, licencia y cédula en mano, iba al volante. Dos de sus hermanos, menores de edad, iban con él en el carro. Todo iba bien, hasta que llegaron a un retén.

“Permítame la licencia”, le dijo el oficial. Después de revisarla, miró hacia atrás y pidió ver la cédula de los demás. Mi hijo le explicó que no tienen, porque son menores (algo que es obvio, pero bueno. Si me preguntan, esa fue la primera señal de una rebusca).

“¿Y dónde están sus papás?”, prosiguió, a lo que mi hijo le explicó que en la casa, a donde los estaba llevando, puntualizando que él es el hermano mayor.

“La ley prohíbe que menores de edad estén en la calle después de las 9:00 de la noche. Voy a tener que llamar a que vengan a buscarlos y llevarlos al cuartel”.

Este es el punto uno que quisiera que alguien me clarifique. Entiendo que la ley estipule que los menores de edad no pueden estar “en la calle” pasada cierta hora, ¿pero estar en el carro, con un acudiente mayor de edad, llámese mamá, hermano, tío o abuelo, se considera “estar en la calle”?

Mi hijo trató de resolver/explicarle, pero el agente argumentó que los menores deben tener su cédula infantil, y que estos, por no tenerla, con más razón se iban para el cuartel.

Este es el punto dos que me tiene dudosa. ¿Es verdad eso? Yo pensaba que la cédula infantil es un documento opcional, una alternativa a presentar el certificado de nacimiento a la hora de hacer ciertos trámites, como sacar el permiso de salida del país para viajar.

En este momento mi hijo grande ya estaba nervioso, y el de 13 años estaba asustado. Se les hizo claro que este señor lo que tenía era ganas de hacer su noche.

“Brother, si tú me ayudas podemos resolver esto”, le dijo este malandro disfrazado de policía, insinuando que quería un “salve”.

Me pregunto, ¿ya no hay ni una sola institución que no esté corroída por la purulencia de la corrupción? ¿Nadie que haga su trabajo por convicción, o al menos porque es lo que le toca, y no para ver qué es lo que saca?

¿En qué momento las personas que están supuestas a protegernos, se convirtieron en aquellas de quien tenemos que cuidarnos?

(Por cierto, esto fue en la calle que baja desde vía España, por donde está Hossana, hacia la cinta costera, por si algún directivo del tránsito quiere averiguar quién estaba en ese retén el domingo a esa hora, y botarlo por sinvergüenza).

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Esta semana tomo un cuento prestado. Es de un video que vi en Facebook, de purita casualidad, porque por lo usual me los salto. Estoy en un punto en mi vida de tanta impaciencia, que no tengo interés siquiera de invertir cuatro minutos de mi tiempo para ver si algo me gusta o no. Pero esto valió la pena.

En el video una mamá relataba que por sugerencia de su hermano, quien estudia medicina, llevó a su hija de cinco años a hacerle un chequeo de la vista. Aparentemente esta es una revisión de rutina que se le debe hacer a los niños a los cuatro años de edad, y aunque esta mamá estaba segura de que su hija veía perfectamente bien y le parecía que hacer la visita al oftalmólogo era totalmente innecesario, igual la llevó.

En la oficina del médico le hicieron una prueba a la niña. Le mostraron de lejos unas flechas y ella debía decir hacia qué lado apuntaban. Para sorpresa de la mamá, la pequeña no contestó, pues resulta que no veía nada. No solo tenía un caso severo de hipermetropía, sino que sufría de astigmatismo también. La mamá no lo podía creer… Su hija tenía cinco años viendo el mundo borroso y distorsionado.

El doctor, tratando de minimizar el impacto de la noticia y con la intención de animar a la señora, le dijo: “Quédese tranquila. Su hija está acostumbrada y piensa que el mundo es así. No sabe que las cosas son de otra manera”.

Esto no consoló a la mamá; de hecho la hizo sentir peor. “Mi hija ha estado viendo mal todo este tiempo, y no sabe que el mundo en verdad no es como ella lo percibe”, exclamaba en el video.

A la niña le recetaron lentes, y el médico le advirtió a la mamá que al principio le iba a costar un poco adaptarse a esta nueva forma de enfocar su entorno.

¿Pues qué les parece? La moraleja del video, que era de una página motivacional, es que cuántos de nosotros no andamos por la vida jurando que vemos bien, cuando en verdad tenemos una visión limitada, borrosa y hasta chueca de las cosas.

Pero como llevamos tanto tiempo apreciando nuestro entorno, situación, familia, conocidos, relaciones, trabajo y demás de esa manera, no sabemos que en verdad existe una forma más clara y real de ver y de vivir.

Nos quejamos por boberías, le damos prioridad a porquerías, desaprovechamos oportunidades porque estamos “viendo” con nuestra óptica comprometida.

Así como la niña, debemos aprender a ponernos “lentes”. Aunque al principio sea un poco incómodo ajustar nuestra perspectiva, al final valdrá la pena, porque nos permitirá ver las cosas desde otro ángulo: el correcto.

Me encantó el video.

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Todo comenzó de la forma más inocente. Yo estaba viendo televisión cuando mi sobrino llegó a mi casa cargando lo que parecía el ratoncito más lindo que había visto.

“Salo, ¿de dónde sacaste ese perrito?”, le pregunté parándome de un brinco cuando vi esa cosita toda bella. Me dijo que un amigo de su papá estaba en su casa de visita, y llevó a este peluche, digo cachorro, al que le estaba buscando un nuevo hogar, porque en la de él ya tenía dos más -los padres de Baby Boy, que es como se llamaba esta ternura canina.

Según el dueño, Baby Boy era un teacup “whatever”, y me juró que solo iba a crecer un poquito más del tamaño que tenía en ese momento.

Bueno, la mía terminó siendo la nueva casa del perro. Si yo que no simpatizo tanto con los animales me enamoré de este, imaginen el jolgorio de mis hijos. En ese entonces ladraba como un gato (en vez de guau, guau, sonaba como miaw), y yo tenía la fantasía de que me iba a acompañar las horas interminables que paso en mi casa frente al computador.

Adivinen qué: el perro creció; ya no es tan tierno; el frío de mi cuarto hace que se orine, y descubrí que no soy del tipo de persona que socializa con perros, pues disfruto mucho más la compañía humana.

Ya han pasado dos años, a mis hijos todavía les da risa mandarme en el grupo de Whatsapp fotos de las gracias que hace el perro en la alfombra de la sala y ver la reacción que en mí provoca. Pero él siempre de lo más fresh; jura que es uno más de la familia, un sentimiento que comparten mis hijos.

Un día estábamos yendo al interior y el tranque era tenaz. Yo estaba con los pelaítos en el carro, activados con el desorden, y una migraña estaba a punto de aflorar. Dije en voz alta: “Donde este perro empiece a ladrar, ¡palabra que le abro la puerta y lo dejo en libertad!”, pero fue un pensamiento fugaz, y en verdad yo jamás haría algo así, pero cuando conté eso a manera de chiste en la oficina, me topé con shock, indignación, hasta furia. En lo que respecta a los derechos perrunos aquí no hay sentido del humor.

En mi casa el colmo es que ya no puedo ni entrar a la cocina a buscar burundangas por las noches, porque esta bestia, digo perrito con complejo de doberman, me comienza a ladrar como si yo fuera una intrusa. Y tengo que buscar rápido lo que se me antoja antes de que despierte a toda la casa. “Shhh, Baby Boy, ¡soy yo!”, le susurro con autoridad, ¿pero será que me quiere tanto que me está ayudando a cuidar la dieta?

Yo sé que aquí es donde todos los defensores de animales están moviendo sus cabezas de izquierda a derecha, pensando que yo soy todo lo que está mal con gente que se emociona comprando mascotas y luego se flatea. Sí, es verdad. Mea culpa. Pero debo decir a mi favor que el perro ha tenido una buena vida en mi casa.

En más de una ocasión he llegado a encontrar a mi chiquito con Baby Boy acurrucado en la cama, entre una montaña de peluches. Los niños derraman sobre él su cariño, y en tiempos de escuela, cuando se acerca la hora de que vuelvan de clases, Baby Boy ya está pendiente agitando su cola.

Así que sin importar la cantidad de (des)gracias que siga haciendo en la alfombra de la sala, los ladridos a deshoras que me desquician, y todas mis amenazas de que el perro se va porque se va, Baby Boy ya es parte de la casa.

Mis hijos lo aman, y para mí eso es lo que cuenta.

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Los japoneses son muy metódicos y disciplinados, y allá vivía mi mamá cuando aprendió a manejar y sacó su licencia. Fracasó la prueba de manejo varias veces, y en el penúltimo intento todo se pefilaba bien, hasta que en un semáforo en rojo el instructor le dijo que avanzara.

“Pero la luz está roja”, le dijo mi mamá. “No importa, está conmigo. Siga”. Mi mamá avanzó, la reprobaron de nuevo y por eso dije que fue su penúltimo intento. “¡Pero usted me dijo que me la pasara!”, le reclamó ella, a lo que el instructor repuso: “Eso es para que aprenda a nunca hacerle caso al que va sentado al lado”. Y a mi mamá jamás se le olvidó, porque desde que recuerdo, cada vez que íbamos con ella en el carro y le decíamos: “Mami, ¡acelera!”, nos repetía ese cuento.

Es chistoso, pero yo también tengo varias lecciones que he aprendido al volante, pero no sobre el manejo, sino sobre la vida misma:

Puedes pitar todo lo que quieras, pero es por gusto. Las cosas se mueven a su propio tiempo. Recuerda esto la próxima vez que la luz del semáforo se ponga verde y tengas un tarado atravesado, así como cuando estás tratando de cerrar un negocio que llevas tiempo correteando. Respira hondo y ten calma, pues berrear y desesperar no sirve de nada.

Es mejor ir a la defensiva. A mi hijo le chocaron el carro hace unos meses y cuando me contó lo ocurrido me dijo: “Fue culpa del otro, ¡era mi derecho de vía!”. Menos mal que no le pasó nada, pero le contesté que para fines prácticos eso no hace diferencia. Sin importar de quién es la culpa, el daño real o potencial es el mismo. Igual que en la vida, a veces es mejor ceder que estrellarse.

Hay gente que, pase lo que pase, siempre va a buscar la manera de culpar a los otros por sus errores o deficiencias. Como la otra noche en que dos motos se pasaron un alto en Obarrio, y casi, casi me los llevo. Frené de tal manera que por poco quedo como calcomanía pegada al parabrisas. Bajé la ventana y les reclamé: “¡Están locos! ¿No ven que hay un alto?”. Y uno de los motorizados, que encima de todo llevaba una pasajera con él, me gritó: “¡Casi nos choca! ¿Sabe lo que me hubiera podido pasar?”. Digo, sí, pude haberlos matado, pero porque SE PASARON UN ALTO, pero por más clara que era la situación, este cabezón no entendía eso. A sus ojos, él era la víctima.

Pero del mismo modo, a veces los demás nos hacen dudar de nosotros mismos. Iba manejando por el carril izquierdo de una calle que transito a menudo, cuando de pronto me encontré con un carro que venía de frente. Me pitó (y posiblemente me insultó), yo me asusté, y que creo que hasta le pedí perdón. Pero después caí en cuenta de que el que estaba mal era él, que venía en contravía. Vivimos tiempos complicados en que a veces parece que la gente anda por el mundo sin dirección. Pero si sabes que vas por buen camino, no dejes que lo que hacen los demás te haga titubear. Aunque sientas que vas contra la corriente.

Holding hands open with glowing lights on dark background

La semana pasada terminé mi relato tratando de irme de Aventura Mall, en Miami, tras un incidente confuso con un posible shooter.

Las luces de las sirenas, helicópteros sobrevolando y camiones verdes de los rescatistas eran parte del panorama afuera del mall. Ah, y mi celular se quedó sin carga.

La última persona con la que llegué a hablar fue con mi hijo, pero ya no tenía forma de indicarle dónde ni cómo encontrarme en el exterior del vasto mall.

De pronto vi a una señora parada debajo de una palmera toda iluminada con las lucecitas de Navidad, cargando su celular en el enchufe de los foquitos. Me aproximé, hice lo mismo que ella y nos pusimos a conversar. Su nombre era María Auxiliadora, era venezolana y estaba con los nervios de punta, tratando desesperadamente de pedir un Uber. Mi celular ya había resucitado y pude escribirle a mi hijo dónde me podía recoger. Le dije a la señora “Dificulto mucho que consiga un Uber como está la cosa acá. Pero si gusta, la puedo llevar a mi casa y de seguro de ahí podrá llamar”.

Así que le dimos un aventón a la señora. En mi edificio pudo llamar su Uber y la acompañamos mientras la vinieron a buscar.

Mientras, mi carro se había quedado en el valet parking del mall. Pensé que no lo iba a poder retirar hasta el día siguiente, pero a las 9:40 p.m. recibí un mensaje de texto indicando que fuera por él antes de que cerraran a las 10:00. Me fui corriendo de vuelta para el mall, pero como estaba totalmente acordonado, el Uber me dejó a la orilla de la calle.

Mi reloj marcaba las 10:02 p.m. Apresuré el paso para cubrir los 100 metros hasta el puesto del valet parking, preocupada por llegar a tiempo. Cuando atisbé que aún había gente, comencé a mover mis brazos y decirles que wait! Con la emoción de ver que aún no habían cerrado, no vi el tope de cemento de un estacionamiento. Me tropecé, salí VOLANDO, al igual que mi cartera, el celular, todo, caí de frente, sentí mi cachete izquierdo rozar el suelo, hice como una voltereta y terminé sentada mirando hacia el lado contrario. (Me da pena contar esto porque sueno como la más torpe de las torpes, pero ni modo). Todos lo que vieron esa caída tan aparatosa vinieron corriendo a socorrerme. Pero les dije que estaba bien, y cuando me recobré de ese tropiezo, me paré solita. Me examiné las manos, moví mis dedos, me tocaba la cara, conté mis dientes… No podía creer que no me pasó NADA. Me raspé feo la rodilla, pero eso fue porque tenía puesto un jean con huecos. Si no fuera por eso, creo que hasta mis rodillas hubieran salido ilesas. Les digo que hasta revisé mi ropa y no se le jaló ni un hilo a mi suéter tejido. No se le cayó ni una perlita y ni siquiera se me ensució.

En serio, no podía creerlo. Conozco personas que con caídas mucho menos dramáticas se han abierto la quijada, torcido el tobillo, hasta roto un hombro.

Cuando llegué a mi casa, mi amiga Sarita, que ya había escuchado las noticias, me llamó para preguntarme del “tiroteo”. Le dije “Olvida el tiroteo. El verdadero milagro es que me caí, barrí el asfalto y no me saqué la M; todavía no entiendo cómo”. Su respuesta fue “Seguro algo bueno hiciste hoy”, pero le respondí “No, no hice nada particularmente bueno…”, y ahí me recordé de la señora venezolana a quien traje hasta mi casa, que esperé a que se montara en su Uber, y que sus últimas palabras antes de irse fueron las gracias y un “que Dios la bendiga”, que me repitió dos veces.

De niña me decían que cada vez que hacemos una buena acción creamos un ángel protector. Ahora, a la edad que tengo, puedo decir que lo creo. Lo creo.

police car

Aventura Mall, Miami, estaba, como era de esperar la noche antes de Navidad, en ebullición; las personas como hormigas de un lado a otro, haciendo sus compras de última hora.

Yo no pensaba estar ahí. Solo con ver la fila de carros daba pereza acercarse al centro comercial, pero quería complacer a mis hijos y a mi mamá con sus encargos antes de regresarme a Panamá. Así que dejé el carro en valet parking y me bajé.

Ya había entrado a American Eagle; me faltaba recoger los lentes de mi papá. Caminaba tranquila, marinándome en el ambiente festivo, chateando por el celular, cuando escuché los gritos y sentí la estampida de gente. Voltee a ver, mi corazón se saltó un latido y después casi le da un infarto.

No entendía lo que estaba pasando, pero empecé a correr también, suponiendo que más atrás, de donde venía esa marea humana, había algún lunático o terrorista haciendo un desastre.

La gente se tiraba dentro de los almacenes buscando refugio. Hice lo mismo, justo antes de que cerraran la puerta, y todos nos atrincheramos lo más atrás que pudimos.

Quería avisarle a mi familia lo que estaba pasando, pero tampoco los quería asustar. ¿Será que les mando un mensaje diciéndoles que los quiero mucho? No, eso era demasiado cliché. Y si me moría (¡Dios libre!), lo último que quería era que mi voice note se tornara viral y empezara a circular en todos los grupos de Whatsapp. Así que le chatee a mi hermana para que estuviera al tanto de lo que pasaba.

El desconcierto era total; nadie sabía qué estaba pasando, pero se especulaba que había uno o varios shooters dentro del centro comercial. De pronto, más gritos, y terminamos todos apretujados en el depósito del almacén. Algunos lloraban, otros estaban en silencio, y claro, no faltaba quien se tiraba su Facebook Live. ¡Ay, los tiempos en que vivimos! Yo imaginaba que en cualquier momento iba a entrar un encapuchado armado a disparar a la gente arbitrariamente, así, como uno solo ve en las noticias y películas. Así que dije: “Diosito, por favor no me dejes morirme aquí”. (Además de que si me hubiera pasado algo, mi mamá JAMÁS se hubiera perdonado el haberme mandado al mall por unos lentes).

Voy a sacarlos del suspenso e irme al final de la historia y decirles que resultó ser una falsa alarma. No supimos qué fue lo que pasó, pero el pánico, el miedo y el susto fueron muy reales. Y menos mal, porque de lo contrario no sé ni qué hubiera pasado. Donde yo estaba, la gente corría para todos lados, el gerente del almacén donde me metí no sabía qué hacer ni a quién llamar. La verdad creo que paré en el lugar equivocado, porque mi amiga Joy, por su parte, también estaba en el mall comprando un cargador en la tienda Apple. Allá los reconfortaron a todos, les dijeron que no se preocuparan porque el vidrio de la tienda es blindado, tenían disponible cargadores para el celular, wifi gratis, les ofrecieron botellitas de agua y hasta les sirvieron paquetitos de frutas secas.

Nos desalojaron a todos por las puertas traseras de los almacenes. Afuera había policías, bomberos y helicópteros. Obviamente, la gente del valet parking no estaba, no había dónde tomar un taxi y nadie me quería llevar.

Pero si creen que esto fue lo más increíble de la historia, se equivocan. Continúo mi relato la próxima semana…

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Esta es mi última columna del año. Por lo usual (o mejor dicho, los dos años anteriores, porque este espacio apenas cumple tres añitos la otra semana), trato de culminar con un mensaje esperanzador, un recuento de interés o alguna reflexión oportuna para despedir el año con bombitas y serpentinas.

Pero no se me ocurrió nada en esa línea, así que les dejo esta interesante anécdota, que aunque parezca simple, resuelve un misterio prehistórico en mi cabeza. La incógnita de ¿por qué las personas hacen las cosas que hacen?

Los seres humanos tenemos la necesidad de controlar. Muchos no lo admitimos, pero es así. Queremos controlar lo que los demás piensan, dicen y hasta lo que hacen, por supuesto, inclinándolo a lo que mejor nos funcione. Si pudiéramos, hasta trataríamos de manipular el clima. Para muestra un botón: recuerdo alguna vez haber metido dos cuchillos cruzados dentro de un vaso de agua porque alguien dijo que esa era la fórmula para que no lloviera…

Pero lo cierto es que en nuestras vidas muchas veces no podemos controlarnos a nosotros mismos; entonces qué pretendemos hacer con los demás. Lo único que queda es darle mil vueltas en nuestra cabeza a las cosas que vemos, vivimos, no entendemos y no queremos, tratando de encontrarle una justificación válida. A mí me pasa hasta el punto del trastorno.

Entonces, tenía días, si no semanas, con este tema necio rondando mis pensamientos. Hasta que un día fui a visitar a mi papá a la casita en su finca. Era un domingo apacible, y la tímida brisa acariciaba apenitas las ramas de los pinos. Mi papá escuchaba la música árabe que tanto le gusta, yo jugueteaba con el celular, y ambos apreciamos un hermoso atardecer desde la terraza.

Aproveché ese “quality time” que no siempre tenemos para contarle un poco de mi semana y charlábamos de la vida. De pronto le dije: “Sabes pa, no entiendo las decisiones y las cosas que hace la gente”, refiriéndome a un tema muy puntual. Mi papá tomó un sorbo de su café turco, me miró y contestó: “Sarita, hay personas a quienes les gusta el melón y hay otras a quienes les gusta el rábano”.

Y así de fácil quedó mi dilema resuelto. Fin de la historia. ¡Feliz Año Nuevo, queridos lectores!

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¿Cómo resumes en una ceremonia tantos primeros días de clases, comprar útiles, hacer tareas, mandar mensajitos en la cartuchera, revisar notas, recibir quejas de los profesores, tratar de salvar materias, asistir a los actos en la escuela?

Si cuento desde el principio, son 15 años desde nursery hasta sexto año… Recuerdo cuando llevé a mi hijo de la mano a su primer día de clases y lo dejé en el salón llorando. No olvido que cada vez que me veía en la escuela se le iluminaba su carita con emoción. Claro, con el paso del tiempo esa alegría dio paso a señales de alarma: “¿Qué hace mi mamá en la escuela? ¿¿Quién y por qué la llamó??”. Ay, y eso que a mí sí me llamaron mucho, para todo. Tanto que llegué a conocer bastante bien a la coordinadora de parvulario, al de primaria y a la de secundaria, quien dicho sea de paso fue mi profesora de química hace algunos añitos.
Estoy tratando de hacer memoria y tengo neblina en la cabeza. Ni yo puedo precisar cómo y en qué se fueron los años, pero lo cierto es que volaron, y mi hijo mayor se graduó la semana pasada de secundaria.

La invitación decía 6:00 p.m. Salí de mi casa 40 minutos antes, anticipando el tráfico de diciembre. Milagrosamente, no había tranque y me demoró 11 minutos la manejada, siendo yo, por una vez en mi vida, la primera en llegar. Y no exagero. En el auditorio solo estábamos la fotógrafa y yo. Y cuando vi el enorme letrero de Promoción 2017 en el fondo, y las sillas de los graduandos alineadas sobre la tarima, sentí que las primeras lágrimas se me iban a asomar. Abrí mi carterita y me di cuenta de que los Kleenex se me habían quedado en la casa. Le dije a mi chiquito (7 años), que estaba sentado a mi lado: “Gabu, por fa ve al baño a buscarme Kleenex”. Se rió y me dijo medio burlón: “Ma, ¿vas a llorar?”. Le contesté que lo más probable era que sí. Me preguntó que cuántos quería y le dije que con tres eran suficientes.

El chiquillo fue al baño de la escuela, y ustedes saben que en esos baños no hay cajitas con Kleenex, sino esos aparatos en las paredes en los que debes bajar una palanquita para que dispensen papel. Cuando veo a Gabriel regresar, venía arrastrando por todo el pasillo del auditorio una tira kilométrica de papel. Me le quedé mirando. “¡Te dije que tres!”, y me contestó muy pícaro “¡Pensé que tres mil era mejor!”. Eso me hizo reír entre la emoción, la gratitud y nostalgia que me embargaban en esos momentos.

Volviendo a mi graduando, pensar que fue un niño tan tremendo, que me llamaban de la escuela al menos una vez por semana. Ahora me lleva una cabeza y está en el top five de mis mayores orgullos. No por sus notas, qué va. Pero sí por ver el adulto maravilloso en que ese niño travieso se está convirtiendo.
Esa noche, cuando lo vi marchar, sí se me salieron las lágrimas. Agua salada mezclada con nostalgia, alegría y satisfacción.

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El 16 de octubre me llamó mi querida amiga Marta como a las 5:00 de la tarde. Era para preguntarme una cuestión de trabajo, pero no la sentí efervescente como usualmente está cuando habla conmigo. Le dije, “Oye, ¿qué tienes que suenas medio rarita?”, y me contestó: “¡Que hoy es mi cumpleaños, mira la hora que es, y todavía no me has felicitado!”.

Me sentí fatal. Horrible. No la había llamado porque se me olvidó por completo. ¿Y saben de quién es la culpa? No señores, no es mía. Es culpa de Facebook, que no me recordó de una manera eficiente y oportuna. Como a las 6:00 de la mañana me mandó una notificación de que “Fulanita de tal y dos personas más cumplen años hoy”, pero Fulanita de tal y yo no somos amigas cercanas, así de esas que se llaman para felicitar, y no me dio curiosidad averiguar quiénes eran las otras dos personas que cumplían ese día. Y una de esas dos era Marta.

Como ven, ya pasaron dos meses y sigo traumada con el tema. No solo por el cumpleaños en sí, sino porque la tecnología ha lisiado mi capacidad de retener información nueva. Me recuerdo de todo hasta aproximadamente el año 2009. Pero a partir de esa fecha es como si se hubiera llenado mi disco duro. Ni haciendo delete a archivos previos puedo generar espacio para contenido nuevo. Toda la información reciente está en una memoria externa.

Por ejemplo, recuerdo los números de teléfono de las casas de mis amigas de la infancia, de la época en que solo tenían 6 dígitos. Son números que tengo más de 20 años de no marcar, pero aún están logueados en mi memoria. Pero pregúntenme, a ver, el de la casa de mi hermano. Ese tipo es mi propia sangre, pero se casó hace como ocho años, así que se quedó por fuera. No hay forma humana de lograr que me aprenda el número de su casa. Cada vez que quiero llamar a mi cuñada debo buscarlo en el directorio del celular. (Los de mis hijos me los sé solo porque se parecen al mío).

Hablando de hijos, me sé los cumpleaños de todos mis allegados hasta el año 2009 (aproximadamente). Los que nacieron después de eso o los conocí en este ínterin, pues se fregaron. Mala suerte para todos mis sobrinos menores de ocho años, que lo más que puedo es tener una idea vaga del mes del que son. También ayuda si nacieron cerca de fechas importantes, como fiestas patrias o carnavales. (Pero como son tantos sobrinos, ya no le mando regalo a nadie, así que da lo mismo si me sé sus cumpleaños o no).

Volviendo al tema de Marta, a ella la conocí en 2014. Así que tampoco está registrada en mi disco duro original. Por eso tengo que apoyarme en cuestiones como Facebook, ¡pero el otro año estaré más vigilante!

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¿Saben cuál es el secreto para tener una buena autoestima? ¿Para ser niños felices, crecer y convertirse en adultos funcionales, adaptados y hasta con sentido del humor? Se los voy a decir, solo que no es tanto un secreto, sino más bien una cuestión de suerte. La suerte de nacer en una casa y tener una mamá como la mía.

Ella sabe que no soy perfecta. A menudo me dice que soy terca. De hecho, creo que me lo recalcó todos los días de mi vida entre los 12 y 17 años, y de vez en cuando todavía me lo recuerda. En ese entonces me cacheteó un par de veces por andar de contestona, y al día de hoy me reprende cuando ando con la mecha corta. Pero por lo demás, en sus ojos no hay nada en el mundo que yo pueda hacer mal.

Me remonto a mi infancia: cuando los niños en el salón me molestaban, su respuesta era “lo que pasa es que gustan de ti”. ¿Ah, cómo es eso? “Sí, gustan de ti. Pero les da pena decírtelo, así que te molestan para que les prestes atención”. Eso no me perecía lógico, pero qué les puedo decir. Así es el amor de las mamás. Algo parecido sucedía cuando algunas niñas de mi grado hacían fiestas o no me incluían en sus planes. La teoría de mi mamá era: “No les hagas caso; están celosas de ti”. Ok, no importaba que yo era la más gordita del salón, mi cabello parecía de escoba y en verdad me daba pena hasta pedir que me pasaran el kétchup en el comedor.

Años más tarde, cuando me babeaba por alguien que me gustaba y ese alguien no me paraba bola, ella me alentaba. “¡Llámalo tú!”. Mami, ¿¿cómo así?? “Los hombres son penosos. Cualquiera estaría FELIZ de salir contigo. Eres inteligente, eres bella. Lo que él necesita es un pequeño empujón. ¡Llámalo!”. (Jooo, ni que yo fuera Bo Derek). Literalmente, me podía MORIR antes de hacer eso. Una que otra vez traté y el tiro me salió por la culata. Pero la respuesta de mi mamá era una de las siguientes: “Es un bruto”, “Tiene mal gusto” o “Igual no te merece”.

Ay, qué tiempos… Recuerden que en los años 90 no había celulares ni redes sociales. Para seguirle el rastro a alguien la estrategia era ir a lugares donde existiera la posibilidad de coincidir con él. Eso, o gastarte un tanque de gasolina dando vueltas por la ciudad y dejarlo a la suerte… A pesar de eso, toda la vida he preferido que me correteen a mí: bajo mi óptica es mil veces mejor ser la chifeadora que ser la chifeada.

Pero bueno, retomando el tema de la autoestima, creo que gran parte de la mujer que soy hoy en día se lo debo a mi mamá. Soy un promedio de la realidad que veían mis ojos y la ilusión y cariño con que me veía su corazón.

Cafe con Teclas

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