Cafe con Teclas
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Abrí el congelador con emocionada anticipación. Dos noches atrás había guardado una paleta de café rellena con crema chantillí, una de mis favoritas, que había reservado para un momento especial, como ahorita, en que tenía ganas de comerme algo indulgente y pecaminoso.

Pero uh-oh, no estaba donde la había dejado (tablilla superior, a mano derecha). Moví algunos paquetes de carne y empanadas, busco por aquí, sacudo por allá, pero la paleta había desaparecido.

Entenderán que las paletas no tienen pies ni se evaporan, así que fui marchando en chancletas donde mis hijos a interrogarlos. O más bien a extraer una confesión: “¿¡Quién se comió MI paleta!?”. Me contesta uno: “¿¿Era tuya?? Sorry, no sabía. Fui yo”, así con la indiferencia de quien admite haberse tomado un vaso de agua.
Me le quedo mirando, porque entiendo que no haya sabido que la paleta era mía, ¿pero qué le hizo pensar que era suya? Le pregunté eso y me respondió: “No sé, pensé que era de la casa”, como si la “casa” fuera un ente animado que compra cosas y se las reparte a sus habitantes…

¿Se acuerdan del capítulo de Friends en que un colega de Ross se comió su sándwich de pavo ultraespecial hecho con sobras de la cena de Thanksgiving, y que Ross se tapa los ojos con los dedos, y exclama “¿¡My sandwich!?”. ¿Y los pájaros de Central Park salen volando? Pues sí, yo soy Ross.

Y es por eso que ahora tengo que ingeniar maneras y lugares para esconder mis cosas para que nadie se las coma. ¿A alguien más le pasa eso?
En la oficina una vez sucedió que fui a la neverita por mi soda de dieta, ¡y horrores! había desaparecido. Después de una investigación exhaustiva dimos con la culpable. (Epílogo: fue un error genuino; no hubo mano criminal. El día antes celebramos un cumple en la oficina, y Thalia pensó que la soda había sobrado del agasajo).

No crean que soy mezquina; yo compro cosas ricas para todos, pero la diferencia es que en mi casa guardo mis chocolates para cuando se me antoje comérmelos. Pero, ¿saben qué pasa? Los demás se acaban los suyos y vienen a llorarme por los míos. Por eso hace tiempo desarrollé la técnica de esconderlos. Les digo que me he vuelto tan buena en eso, que a veces estoy buscando un estado de cuenta en el fondo de mi gaveta y ¡voilá!, aparece un Toblerone. Quedo tan sorprendida como quien saca un conejo de un sombrero, porque ni recordaba que tenía eso.

En definitiva que encontrar un chocolate en tu gaveta solo se compara con meter la mano en el bolsillo y sacar un billete de $5 (o hasta $10).

Entre pinceles y pinturas
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Cafe con Teclas

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