Cafe con Teclas
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Estoy mirando por la ventana; ya son tres días que no para de llover.

El viernes hice un esfuerzo sobrehumano para pararme de mi cama; el sábado en la mañana me mariné en el calor de las sábanas mientras los truenos hacían comparsa y el cielo tomaba fotos, pero hoy domingo (mientras escribo esto) solo miro por la ventana, y cuando veo las gruesas gotas de lluvia azotar como diminutos látigos al vidrio, lo único que pienso es en lágrimas.

No es que esté triste ni deprimida ni nada, pero hay algo en los días grises que nos ponen a pensar en todo y nada. Me gusta que llueva, pero ya son tres días y como que al cielo se le está yendo la mano.

Mi mente viaja a un fragmento de mi infancia. Estaba en Contadora, llovía sin tregua y no podíamos salir del hotel. Calculo que tenía como nueve años. Allá me encontré con una amiga que también estaba con su familia ese fin de semana y ambas mirábamos hacia la playa con pesar por estar del lado equivocado del vidrio, cuando me dijo “cuando llueve así es porque los ángeles están llorando”.

Aunque yo era muy crédula, no le encontré ningún sentido. ¿Por qué habrían de llorar los ángeles? En ese entonces los imaginaba con enormes alas, volando de nube en nube, con poderes especiales, y ahí cerquita del trono celestial. Le dije a mi amiga que los ángeles no lloran, y me contestó que claro que sí, viendo todas las cosas tristes que pasan en la Tierra. Miré a mi alrededor; lo único que vi feo en Contadora eran las enormes nubes arruinando el fin de semana. Todo lo demás me parecía perfecto, pero puede ser que mi amiga se refería a lo que sucedía en el resto del mundo. Filosofía profunda para dos pelaítas aburridas por la lluvia, si me preguntan.

La memoria me falla en cuanto a cómo concluyó esa conversación, pero recuerdo que por muchos años me quedé con la duda de si los ángeles lloran o no.
Ahora de grande pienso que esa es una facultad de los seres humanos y pienso que no hay pena en llorar.

Admiro la capacidad que tenemos de verter lágrimas por algo, y luego continuar. Yo misma he llorado por cosas, y un día después me río a carcajadas de otra. Al final, las lágrimas son solo agua salada: se secan o se evaporan sin más.

De búhos y gallinas
El día que el pan dejó de oler

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