Cafe con Teclas
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Para fiestas patrias fui a la escuela de mis hijos para ver el acto que prepararon los alumnos para honrar estas fechas.
Los abanderados eran los alumnos con el índice académico más alto, y los cuadros de honor desfilaron junto a ellos, en un acto sencillo pero emotivo. Primero marcharon las niñas, que eran una multitud. ¡Cómo se nota que hay niñas estudiosas!  Pero cuando salieron los varones, mmm, eran muchos menos. Me reí dentro de mi cabeza pensando que algunas cosas no cambian. Cuando yo estaba en la escuela era lo mismo: las más aplicadas éramos las niñas, los pelaos siempre querían copiar nuestras tareas, y las que se movían para vender boletos para la sociedad de graduandos éramos nosotras. Ah, y el anuario de ese año, ¿quién creen que lo hizo?
Los varones eran buenos más que nada para promover el desorden, y les doy las gracias por ello, porque el relajo es una parte fundamental de esos años escolares. Qué aburrido sería el sexto año sin algunas travesuras inocentes como “paveonas” y mojaderas…
La cosa es que cada día es más común escuchar hablar de igualdad… Mi idea no es fomentar estereotipos, pero por más que me digan lo contrario, los hombres y las mujeres NO somos iguales.  Ni nuestra apariencia ni composición es la misma, y eso no tiene nada de malo.
Cuando uno de mis hijos tenía 5 o 6 años, le llegó  una invitación para el cumpleaños de una compañerita del salón que  traía una muñeca. Como que a mi hijo le gustó la muñeca, que por varios días no la soltaba. Cuando mi esposo llegaba del trabajo y lo encontraba cargando la susodicha, me susurraba estresado “¡quítale eso!”. No hubo necesidad de quitarle nada a nadie… al cabo de unos días él mismo se aburrió de la novedad, y volvió por su cuenta a jugar con carritos y soldados.
En cambio, yo, toda la vida me incliné por el rosado. Ropa, accesorios,  muñecas… Hasta mis lentes de sol eran rosados. Mi mamá trataba de que yo variara un poco el repertorio, pero ¿qué hago? ¡Me encantaba ese color! Cuando mis padres se iban de viaje y nos traían regalos, dejaban que cada uno eligiera. Que los juguetes de armar cosas se los dieran a mi hermano; yo quería libretas, peluches y calcomanías. Lo que quiero decir es que seguro hay excepciones, pero hay cosas que a las niñas les gusta más que a los varones, y viceversa, y eso no tiene nada de bueno ni de malo. Sencillamente así es. Claro, no estoy abogando por encasillar a nadie. Como padres, debemos darles opciones a nuestros hijos, y en especial enseñarles a las niñas a ser seguras, asertivas y empoderadas. Que cada uno juegue con lo que quiera y que cada quien escoja el color que le cautiva. Y de grandes, que cada cual se dedique a lo que le gusta y lo que prefiera.
Sí, quiero igualdad de derechos, trato justo, mismo salario, y que nadie sea discriminado por su sexo. Pero en un mundo cada vez más “políticamente correcto”, prefiero, más que forzar  uniformidad,  abrazar nuestra singularidad y disfrutar sin pena lo que nos hace a cada uno especiales y diferentes.
Esas tediosas clases de mecanografía
Lo bueno, lo malo, lo bonito y lo feo

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