Cafe con Teclas

Sarita

Alguien dijo que escribir te permite
disfrutar la vida dos veces:
en el momento y en retrospectiva. Y es verdad.
Siempre me ha gustado escribir, y estoy feliz de tener este espacio donde compartir mis relatos, vivencias, opiniones y gustos.
¡Gracias por visitar!

Sarita

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Watercolors and paintbrush. Top view.

Solo fueron 15 minutos de atraso. La circular de la escuela decía que la actividad era de 8:30 a 9:30 a.m. Pero ustedes saben cómo es: entre contestar el teléfono, el ascensor de tu casa que se demora, todos los lentos que se te atraviesan con sus carros en el camino, y una que otra cosa más, uno siempre anda con el tiempo un poco diferido.

Estacioné en la escuela a las 8:42. Otras mamás también estaban llegando al mismo tiempo que yo, pero igual apuré el paso y subí rápido las escaleras. Mi hijo de primer grado me esperaba para hacer una manualidad en una actividad organizada para su grado.

Cuando llego a su salón me recibe una maestra y me dice: “¡Qué bueno que vino! Gabriel estaba triste”. Me aproximé a la mesa rectangular donde la mayoría de los niños estaban acompañados de sus madres, y vi que el mío tenía la cara afligida y roja. Apenas me vio se puso a llorar. “¡Pensé que no venías!”, me increpó. Me tomó por sorpresa. ¿Cómo pudo pensar tal cosa? Jamás le he fallado; a veces llego tarde, pero he estado en cada acto, cada actividad y cada oportunidad que pueda con él en su escuela. La noche antes, cuando le di su besito antes de dormir, le dije: “¡Mañana te veré en la escuela!”.

Afortunadamente, pocos minutos después, entre pinceles y pinturas, sus lágrimas dieron paso a sonrisas, y juntos nos pusimos a confeccionar un colorido vitral.
Frente a nosotros pintaban también muy alegres otra mamá con su hijo. Ella llegó incluso más tarde que yo, pero su hijo estaba de lo más chill. Cuando ella escuchó que el mío estuvo llorando porque me demoré, se volteó hacia él y le dijo: “¡Tú no lloraste por mí!”.

A primera vista pudiera parecer un halago que alguien llore por ti. Te quiere mucho, te espera, quiere verte, podrías pensar. Pero hilando más profundo puede ser otra cosa: no sabe lo mucho que le importas, y no está seguro de que cuenta contigo. Así que, aunque en un principio pensé “qué cute”, luego quedé consternada. ¿Mi hijo de verdad creyó que le iba a fallar solo porque llegué 15 minutos tarde? ¿No se ha dado cuenta en los siete años que llevamos conociéndonos de cuánto lo amo?

Como sea, la noción quedó rondando todo el día en mi cabeza. En el calendario judío celebramos el Año Nuevo la semana pasada. Esta noche es Yom Kippur, el Día del Perdón, la fecha más sagrada de todas. Para mí esta época siempre invita a la retrospección, y por eso creo que no es casualidad que aprovecho este incidente para hacer una analogía con nuestra forma de encarar la vida.

Porque les digo, muchas veces yo soy igualita y reacciono como lo hizo mi hijo. A la edad que tengo no lloro porque mi mamá llegue tarde, pero, ¿a quién no le ha pasado que algo no le sale como quiere, cuando quiere o como cree que debe, y se lamenta, enoja o recrimina a la vida, olvidando todas las bendiciones que ya tenemos? A mí a menudo se me olvida que todo ocurre exactamente cuando debe.

Soy culpable de no tener paciencia, de a veces perder la fe, y es algo que voy a tratar de mejorar. Si están en esa categoría, los invito a que hagan lo mismo.

22sept-EL-CAFE 1500

Dice un dicho que por la boca muere el pez. El equivalente humano es por el teclado de los celulares. Esos aparatos que se supone nos facilitan la vida, pero en verdad nos la complican de mil tragicómicas maneras diferentes.

Una vez, hace años, me llegó una notificación de Facebook de que “Betty” le dio like a una de mis publicaciones. Dado que “Betty” y yo éramos conocidas y ella a menudo me comentaba los escritos de Café con Teclas cuando esto era solo un blog, no me pareció nada fuera de lo ordinario. HASTA QUE abro dicha publicación y veo que se trataba de una foto mía, con mi ex, en Pedasí, de cuatro años atrás. Obviamente “Betty” estaba buceando en mi cuenta. A Betty se le fue un like sin querer.

Ahora me río y en ese entonces también me reí de la osadía que debe tener cualquier persona para meterse a buscar información de terceros en MÍ cuenta. Hey, si quieres saber algo, pregúntame. Pero si no, bienvenidos sean todos los seres humanos que quieran hacer research investigativo en mis redes sociales. Pero al menos tengan la prudencia necesaria para que YO NO ME DÉ CUENTA. Porque ojos que no ven, corazón que se le resbala.

Además de esa metida de pata, estos son otros errores en los que tarde o temprano todos los que usamos celulares podemos caer, especialmente los rookies:

• Ver el Instagram Story de alguien que no quieres que sepa que viste su Instagram Story. El otro día una amiga estaba espiando a una archirrival desde su celular. Cuando le dije, “Oye, tú sabes que ella va a saber que estás viendo sus publicaciones” la pobre casi infarta y colapsa. Amigas, el circulito naranja que les sale alrededor de la foto de perfil de alguien en Instagram quiere decir que tiene un story. Si no quieres verlo y que el dueño de la cuenta lo sepa, ¡no lo aprietes!
Este tema me recuerda a la gente que no se pierde una sola de mis publicaciones, pero jamás en su vida me han dado un like y si me ven en la calle ni saludan…

• Tomarle una captura de pantalla a una conversación de Whatsapp… y enviársela por error a la persona con quien chateabas. Ese es un clásico momento de trágame tierra y escúpeme en Islandia. Pero yo les brindo una salida airosa a esta situación: acto seguido escríbanle “mira qué bonito mi fondo de pantalla”. Quién sabe, quizá se lo crea.

• Horrores ortográficos. Cuando el teclado tactil te traiciona (o tal vez tus dedos son muy gordos) y en vez de escribir Lupita Nyong’o se te va Luputa y no te das cuenta hasta que subes la nota a las redes sociales.

• A veces el Whatsapp se alborota, con muchas conversaciones andando a la vez. Mientras le escribes a alguien se te atraviesa un mensaje de otra en el chat, y de alguna manera que aún no descifro, le contestas a la persona equivocada. Lo terrible de esto es que nunca se trata de algo inocuo. Qué va. Puedo apostar que es un meme atrevido al chat del comité de madres o un comentario mordaz tipo “Uff, qué tipa más insoportable”, y se lo mandas a la tipa insoportable. ¡Arghhhhh! No se crean; esto le pasa a la gente más multitasking.

Otra muy popular es comentar en un grupo de Whatsapp algo que viste en otro grupo de Whatsapp, ¡pero mira tú! Lo escribiste en el mismo. Ahora todo el mundo te va a ver feo y probablemente te traten como una infiltrada. En serio. Mejor salte y ya.

Pues ya ven, estas son las calamidades propias y ajenas que yo recuerdo. ¿Cuáles son las suyas? ¡En serio quisiera saber!

Balloons on paving stones on sidewalks.

Me parece que, en general, tengo buena memoria, pero creo que esto es algo que nunca se me va a olvidar.

Estaba con mi chiquito en una fiestita de cumpleaños en un lugar de entretenimiento para niños. En ese entonces mi hijo estaba en prekínder, así que calculo que tenía como unos cuatro años. Él la estaba pasando fenomenal, hasta que de pronto vino donde mí y me dijo de la nada “Mami, me quiero ir”. Me extrañé porque cinco minutos antes estaba brincando en la piscina de bolas a más no poder. Le pregunté por qué se quería ir, y solo miró al piso y me repitió que quería irse. Le insistí y vi que se le estaba escapando un puchero y los ojos se le humedecieron. Al presentir lo que había pasado le dije: “¿Algún niño te molestó?”, y eso fue todo lo que hizo falta para que soltara un mar de lágrimas y me dijera con su vocecita de congoja “Lili me dijo pupú”.

No importa que Lili era una niña diminuta que le llegaba al ombligo. Para él esto fue el final de la fiesta, del día y del mundo, y no encontré la manera de consolarlo. Nos tuvimos que ir a la casa.

Aunque el episodio me pareció chistoso por un lado (no exagero cuando digo que mi hijo le doblaba en tamaño a la pulguita agresora), me partió el alma lo triste que se puso porque alguien le había dicho que era un pupú, al punto de querer irse de Be Happy.

Traigo esta historia a colación porque, a medida que pasan los años, podemos enfrentar con dolor triplicado la realidad de que nuestros hijos sean víctimas del bullying. Gracias a Dios no es mi caso, pero niños que molestan, agreden o atormentan a otros es algo que nunca, nunca, nunca debe ser permitido, tolerado ni ignorado.

Recuerdo incidentes de mi propia infancia. En primaria yo era lo más distante a ser una niña popular. Fui la niña que llegó de Japón, un desatino social en la escuela, si me preguntan. Una vez, cuando regresamos de las vacaciones, un compañerito de salón que había viajado a Colombia trajo una bolsa gigante de Bon Bon Bum y le repartió a todos, menos a mí. Yo tengo buena memoria, pero eso me dolió tanto que creo que por eso aún lo recuerdo. Y eso que ni siquiera lo considero como ‘bullying’ per se.

Los niños y los adolescentes tienen egos frágiles. Algunos tienen que menospreciar a otros para sentirse más fuertes o mejores. Y nada más lejos de la realidad. Nos toca a los padres fortalecer la autoestima de nuestros hijos por sus cualidades y reprenderlos por sus equivocaciones. No podemos hacernos de ojos ciegos y oídos sordos, ni reírnos de sus asuntos y achacarlos a que “son cosas de niños”. No lo son.

8sept-cafe

Tremenda controversia se formó el otro día en las redes sociales. ¿La razón? Melania Trump, la primera dama de Estados Unidos, tuvo la osadía de salir de la Casa Blanca en tacones –¡¡en tacones, por lo más sagrado!!- para dirigirse al avión que la llevaría a Houston a solidarizarse con los habitantes de la ciudad abatida por el huracán Harvey. No importa que antes de aterrizar se cambió los zapatos por una zapatillas más acordes con la situación y el escenario. Hay que ver el tupé de esa mujer… ¡Desalmada!!

Obvio que estoy siendo sarcástica. Estamos hablando de una mujer que fue modelo y se casó con uno de los hombres más ricos de Estados Unidos, antes de que él se convirtiera en el presidente de esta potencia mundial. Melania debe tener un clóset repleto exclusivamente de ropa cara y de diseñador, la envidia de hasta fashionistas como UpClose&Stylish. Así que no entiendo la no-noticia de que se haya puesto stilettos para montarse al Air Force One. Las ganas de criticar rayan en lo absurdo… ¿Qué pretende la gente? ¿Que Melania se vaya de shopping a comprar algo más acorde, nivel crisis nacional? Créanme, si se hubiera puesto una sudadera, hubiera sido una Stella McCartney o algo afín a la extinta Juicy Couture y la hubieran criticado igual.

Debo decir que no me interesa la política en Panamá, no porque no me interese per se, sino porque estoy decepcionada de toda la clase esa -fuchi- (aunque para mí es sagrado votar en las elecciones). Ya podrán imaginarse que si me siento así de los políticos locales, los gobernantes ajenos me importan muchísimo menos. O sea, en serio, serio, serio, se me resbala Trump, Melania, su Gabinete completo y toda su garulla.

Entonces se preguntarán, ¿por qué le dedico una columna entera al vestuario de Melania? Porque no me parece bonito, justo ni apropiado armar un bololó en torno a sus zapatos. “Es que no muestra empatía con la situación”; “es que quién se pone zapatos así para ir a visitar víctimas de un desastre natural”; “ay, es que Michelle [Obama], jamás usaría algo parecido”; “ay, qué desubicada”; “ay, ¿quién será su asesor de imagen? Merece que lo despidan”…

Aló, ¿qué tiene que ver una cosa con la otra? Uno puede tener empatía, preocuparse por los demás, visitarlos, besarlos, abrazarlos si quiere, en tacones, en chancletas, o descalzo si le parece. ¿Quién dijo que lo que uno se pone se relaciona proporcionalmente con lo que uno siente? Aquí en la oficina casi me caen en plancha, pero me mantengo firme en lo que pienso. No es que Melania llegó tambaleándose a Houston en sus zancos. Tiene un gusto impecable y se viste súper bien (aunque yo hubiera dejado el gorro de Flotus en mi casa). Llegó en zapatillas a Houston; ¿cuál es el problema?

Creo que parte de la culpa es de los medios (ejem, ejem), por crear noticias de cosas que simplemente NO IMPORTAN. ¿Van a revivir los muertos si Melania usa zapatillas genéricas? ¿Se va a aliviar el hambre, se van a reconstruir las casas, va a bajar el nivel del agua si se pone una bolsa plástica en la cabeza? No.

Aquí alguien me dijo “¿pero qué va a pensar la gente?”. Pues adivinen, ¿a quién le importa qué piensa la gente? Como especie no paramos de juzgar, censurar y criticar a los demás, y como no es suficiente, entonces inventamos situaciones banales para seguir en la pelotera (me excluyo de esto).

En conclusión, dejen a la gente vivir. Y si Melania quiere dormir en tacones, que lo haga.

1sept-cafe 1500

Desde que empecé a trabajar en La Prensa, paso en mi carro por la fábrica Bimbo casi todas las mañanas, cuando voy llegando a la oficina.

En un principio el olor a pan recién horneado se filtraba en el carro y me embriagaba con su delicioso aroma. Esa es la forma fancy de decir que me daba un hambre descomunal, que me hacía agua en la boca y lamentarme por no haberme esmerado más en desayunar bien. Pero con el paso del tiempo, tuve que empezar a bajar las ventanas para poder deleitarme con el olor. Y ahora, tres años después, ya no huelo, siento ni detecto nada. ¡Nada!

¿Será que se me atrofió el sentido del olfato? ¿Será que el pan ya no huele? Hace unos días pasé de nuevo por la fábrica y me quedé debatiendo mentalmente ese asunto. Por supuesto, no es ni una cosa ni la otra. Lo he comprobado porque cuando alguien con un perfume que me agrada pasa al lado mío, le pregunto qué lleva puesto. Por otro lado, de vez en cuando hago trenzas y moñitas de pan en mi casa, y me sigue pareciendo que el olor del pan recién salido del horno no tiene comparación. Aunque el mío es casero y lo relleno con chispitas de chocolate, que han hecho que mis hijos le otorguen el título de “el mejor pan del mundo”, el de Bimbo no tiene por qué ser la excepción.

Entonces, ¿saben qué es? Que nos acostumbramos a las cosas. Lo bueno de esto es que nos acostumbramos a las malas. Lo malo es que nos acostumbramos a las buenas. Con suficiente tiempo, aquellas que nos molestan van a dejar de hacerlo. Del mismo modo, las que nos agradaban van a perder su gracia.

Recuerdo la primera vez que escuché la canción Adventure of a lifetime. Me dije, “Wow. Tremenda canción. Puedo escucharla de aquí hasta el final de los tiempos. ¡Me encanta!”. La tenía en replay y la ponía decenas de veces seguidas. Pero llegó un momento en que ya no me hacía nada, y ahora, cuando sale en la radio, la cambio para ver si no hay algo mejor en otra emisora.

Algo parecido pasa cuando empiezas una relación. Al principio, cada vez que te llaman por teléfono o te chatean te sientes como una mami, después no te cambia, y si no tienes cuidado, terminas pensando “habla rápido; ¡tengo cosas que hacer!”.

Por otra parte, recuerdo la primera vez que aterricé en un cubículo. Me dije “Ahora sí, me va dar claustrofobia”. Sentía que el espacio no me iba a alcanzar ni para guardar mis lápices, pero miren, aquí estoy feliz de la vida.

Así que bueno, el mensaje que quiero compartirles esta semana es que tengan cuidado. Mantengan sus mentes alertas y corazones abiertos. Que las cosas que no nos gustan se nos resbalen, pero cuidemos aquellas especiales. No sea que nos volvamos inmunes a ellas.

25ago-cafe

Estoy mirando por la ventana; ya son tres días que no para de llover.

El viernes hice un esfuerzo sobrehumano para pararme de mi cama; el sábado en la mañana me mariné en el calor de las sábanas mientras los truenos hacían comparsa y el cielo tomaba fotos, pero hoy domingo (mientras escribo esto) solo miro por la ventana, y cuando veo las gruesas gotas de lluvia azotar como diminutos látigos al vidrio, lo único que pienso es en lágrimas.

No es que esté triste ni deprimida ni nada, pero hay algo en los días grises que nos ponen a pensar en todo y nada. Me gusta que llueva, pero ya son tres días y como que al cielo se le está yendo la mano.

Mi mente viaja a un fragmento de mi infancia. Estaba en Contadora, llovía sin tregua y no podíamos salir del hotel. Calculo que tenía como nueve años. Allá me encontré con una amiga que también estaba con su familia ese fin de semana y ambas mirábamos hacia la playa con pesar por estar del lado equivocado del vidrio, cuando me dijo “cuando llueve así es porque los ángeles están llorando”.

Aunque yo era muy crédula, no le encontré ningún sentido. ¿Por qué habrían de llorar los ángeles? En ese entonces los imaginaba con enormes alas, volando de nube en nube, con poderes especiales, y ahí cerquita del trono celestial. Le dije a mi amiga que los ángeles no lloran, y me contestó que claro que sí, viendo todas las cosas tristes que pasan en la Tierra. Miré a mi alrededor; lo único que vi feo en Contadora eran las enormes nubes arruinando el fin de semana. Todo lo demás me parecía perfecto, pero puede ser que mi amiga se refería a lo que sucedía en el resto del mundo. Filosofía profunda para dos pelaítas aburridas por la lluvia, si me preguntan.

La memoria me falla en cuanto a cómo concluyó esa conversación, pero recuerdo que por muchos años me quedé con la duda de si los ángeles lloran o no.
Ahora de grande pienso que esa es una facultad de los seres humanos y pienso que no hay pena en llorar.

Admiro la capacidad que tenemos de verter lágrimas por algo, y luego continuar. Yo misma he llorado por cosas, y un día después me río a carcajadas de otra. Al final, las lágrimas son solo agua salada: se secan o se evaporan sin más.

Woman hitting a snooze button with a water gun

Mi mamá siempre decía que algunas personas son como los búhos y otras son como las gallinas. Las primeras son esas que la medianoche sorprende reacomodando muebles en la sala de su casa. Las otras son aquellas que se levantan antes de que suene el despertador, descansadas y sonreídas. A las 8:00 a.m. ya fueron a trotar al parque, se vistieron, arreglaron, hornearon galletas, hasta les dio tiempo de pintar un cuadro y salvar el mundo de alguna calamidad. Eso sí, por las noches se duermen temprano. Bieeen temprano.

Como las 8:00 p.m. a más tardar las gallinas ya están enchumbaditas en su cama, con crema nocturna en la cara, dientes cepillados y alarma (que no necesitan) puesta. Por otro lado, están los búhos, como mi mamá y yo, que la noche nos encuentra haciendo de todo, lo que sea, menos durmiendo.

Ser búho o gallina no es algo que se aprende ni se planea. Es algo con lo que se nace. Así como hay gente que tiene cabello lacio y otros de pelo rizado. Puede ser genética o puede ser la naturaleza.

Por lo tanto, ese rasgo es algo que debemos aceptar como parte de nuestra identidad. Es por gusto combatirlo.

No saben la cantidad de veces que me he dicho “hoy sí voy a dormirme temprano”. Pero me pongo a jugar 1010!, Candy Crush o Ruzzle en el celular, revisar las redes sociales, si estoy de humor ordeno mis gavetas, me pongo a escribir una que otra cosa, a hablar por teléfono con otros búhos, y cuando veo el reloj ya son las 11:14 p.m.

Así que suelto el celular y agarro un libro o pongo la tele, y cuando ya estoy empezando a relajarme, trance previo a quedarme dormida, suena el clinclic de Whatsapp y es mi mamá preguntando “Holaaa. ¿Qué haces niña?”. Está rayando medianoche y ella aquí preguntando tan casual como si fueran las 3:00 de la tarde y como si hubiera tantas alternativas para responder. La mitad de la humanidad ya está soñando, pero nosotras pertenecemos a la otra, donde están los desvelados.

Me llama, nos quedamos hablando, y cuando cierro ya pueden ser como las 12:24 a.m. Así que apago las luces y cierro los ojos. Pero no. No me duermo.
La ironía es que así como es un problema dormirme en las noches, es un problema levantarme por las mañanas. No importa si me acosté a las 9:00, a las 12:00 o a las 3:00 a.m. Para mí dormir 4, 8 o 10 horas es exactamente lo mismo. Todos los días me paro de la cama con cara de amanecida, cara que no se me quita hasta después del mediodía.

Y ustedes, ¿son búhos o gallinas?

astrology chart with people figurines

Yo nunca creí en los horóscopos, de hecho me burlaba de ellos. Bah, me van a decir que la suerte es la misma para tooodas las personas que nacieron en el mismo mes. Pero eso cambió cuando comencé a leer los pronósticos zodiacales que Lita nos envía cada semana y que publicamos en esta revista. Era algo estrictamente laboral; estaba cumpliendo con mi deber de subirlos al sistema. Tengo que decir que cuando leí Virgo por primera vez quedé como el emoji de la boca abierta. Sentí que Lita y yo somos panas, que me conoce desde siempre, que sabe lo que me pasa, y que lo que escribió era expresamente conmigo. A partir de eso leo el horóscopo de todas las ediciones y hasta me fijo en los signos de gente que conozco, así como para ver qué hay en el panorama, cómo están los humores ajenos y qué nos depara la semana.

De hecho, hace poco adquirí la práctica de que, cuando publica la revista, arranco el horóscopo y lo pego en el mural que tenemos en la oficina para que el resto del equipo lo use de referencia. Es como tener una batería para la vida. Es importante saber que Mercurio va a iniciar su retroceso y que la luna llena de esta semana es favorable para unos, pero molestosa para otros. ¡Es bueno estar preparados!

Hablando con una amiga que es creyente en todo eso, me dijo: “Sari, deberías sacar tu carta astral”. Y aunque en otros tiempos me hubiera reído en su cara, le dije “¡Ok!”. ¿Por qué no? Estoy en una etapa en que todo lo que me ayude a navegar las olas de la vida, cualquier pista, atajo o salvavidas, bienvenido sea. No se pierde nada.

¡Pero, qué horror! Mi mamá no se acuerda a qué hora nací y así empezó un viacrucis que me llevó por cada recoveco de mi casa buscando resolver el misterio. Certificados de nacimiento, álbumes de bebé, llamadas a mi papá, pero qué va. Lo máximo que conseguí fue “naciste más o menos al atardecer”. ¿Al atardecer cuándo? ¿Antes de la puesta del sol? ¿Después? ¿Durante? Pero no, “más o menos al atardecer”, fue todo.

La cosa es que no he dado con la bendita hora, y me siento huérfana de asistencia astral. Me quedaré con las ganas.

bye comic word

Cuando estaba encinta de mi último hijo supe que iba a ser un varón desde que mi barriga cumplió dos meses. Si hubiera podido salir de dudas antes, lo hubiera hecho.

Me da pena admitirlo, pero aquí ya nos conocemos y no tenemos secretos, así que les voy a confesar que ese día lloré como una desaforada en el consultorio del doctor. Y no me callé más que para dormir por los siguientes días. No creo que eso me hace mala persona, solo me hace una humana ligeramente hormonal con una ilusión rota.

Tienen que entender que desde que peinaba a mis muñecas y escribía en mi diario soñaba con el día en que tuviera una hija. Y aunque la pantalla del ultrasonido era incuestionable (iba a ser varón sí o sí), después de tres días, cuando paré de llorar, llamé a sacar cita donde otra doctora, porque en mi cabeza decidí que mi doctor se equivocó y mis ojos vieron mal.

Obviamente la segunda doctora confirmó lo que me había dicho el primero, pero igual me fui así los siguientes siete meses, aferrándome a cualquier estadística lejana e improbable de errores en la interpretación de ultrasonidos. Hey, todo es posible.

Si se quieren reír un poco más, hay personas que cuando tienen dificultad para dormir se ponen a contar ovejas. Yo no. Cuando tenía insomnio me ponía a sumar en mi cabeza la lista de invitadas para el baby shower de última hora que iba a organizar cuando naciera mi niña.

¿Por qué les cuento todo esto? Algunos lo llamarán estupidez; ahora me doy cuenta que era negación, pero yo le decía esperanza. Y como habrán escuchado, lo último que se pierde es la esperanza.

Yo consideraba este lema como algo bueno, pero ahora que lo pienso, en verdad no lo es tanto. ¿Saben por qué? Porque hay que aprender a aceptar las cosas como vienen y como son. Es bueno soñar, querer, buscar y tratar. Pero hay un límite para todo, en especial cuando las cosas no dependen de uno.

La historia de arriba es solo un ejemplo, -muy tonto por cierto. Todos los hijos son una bendición. Pero hay tantas, tantas, tantísimas cosas que debemos aprender a aceptar, dejando la terquedad de lado. No les diré cuáles; cada quien sabrá cuál es el muro con el que le gusta estrellarse, o el que trata pero no puede esquivar.

Carencias en las personas que queremos, relaciones fracasadas, hijos que no siguen los deseos de sus padres, que no prosperen iniciativas para las que no estamos dotados…

No estoy tratando de torpedear los sueños de nadie. Tener ilusiones es bueno. Pero hay que tener la cabeza en las nubes, sin despegar los pies de la tierra.
Porque como ven, todo en exceso es malo. Y la esperanza no es la excepción.

28julio-cafe

Tengo un problema. Me cuesta deshacerme de las cosas. Y si tienen un valor sentimental, peor. Y para mí casi todo significa algo. ¿Así que qué hago? Las voy guardando.

Cuando era adolescente, primero lo hacía en cajas de zapatos; después en cajas bonitas de cartón. Mi sueño era que me compraran uno de esos baúles de madera con olor a cedro y corazones tallados, pero tuve que conformarme con un pinche tupperware de plástico gigante, de esos que venden en las ferreterías, y que aún tengo. Aunque ya perdí un poco la costumbre de ir acumulando cosas y descubrí el placer de botar aquello que no tiene ningún fin práctico, el baúl está que se desborda. La tapa ya no le cierra y al parecer ya no le cabe un dibujo, una tarjeta ni una foto más.

El otro día estaba buscando algo, que entre tanto chéchere no encontré, pero estas son algunas de las joyas que sí aparecieron:

• Un pedazo del papel de pared del cuarto de mi infancia, antes de que lo remodelaran a finales de los años 80.

• Volantes de la Cruzada Civilista, circa 1987, instándonos a usar pito, paila y pañuelo, y a boicotear los negocios de los esbirros de Noriega.

• Mi monchichi, el más preciado de mis peluches. Recordé la fase en que proclamaba que los muñecos tienen sentimientos y mi hermano le pegaba al mío para hacerme llorar…

• Una enorme cartulina amarillenta que dice con coloridas letras infantiles “¡Bienvenida Sarita!”. No me acuerdo de dónde venía, ni cuándo ni quién me recibió, pero me emociona ver que alguien me esperaba con suficiente alegría como para esmerarse en eso.

• Un visor con filtro para ver el eclipse solar de 1991. Puedo usarlo la próxima vez que haya un fenómeno como este.

• El birrete de mi graduación. Eso sí no tiene otro uso.

• Una camiseta de Operación Causa Justa (aka la invasión).

• La primera edición del milenio de La Prensa, con noticias de la reversión del Canal en primera plana. Tal vez se vuelva una pieza de colección. Voy a consultar en eBay.

• Un collar hecho de bolitas de papel de aluminio. No me pregunten; no tengo ni idea de qué es.

• Montones de cartas. Wow, yo sí era diligente enviando y contestando mi correspondencia. Eso me recordó que había una época en que la gente se tomaba el tiempo y la molestia de comprar tarjetas, escribirlas, ponerles estampillas y mandarlas por correo. ¡Hoy en día a la gente le da pereza hasta contestar un chat!

• Casetes de audio. Mato por ver qué contienen, pero no sé dónde encontrar una casetera que sirva en pleno año 2017.

• Todos mis boletines escolares, desde primer grado hasta sexto año. Se los voy a mostrar a mis hijos, a ver si se inspiran un poco en ser mejores estudiantes.

También encontré una piedra, que también desconozco su origen, lo que me puso a pensar. Es chistoso cómo vamos cambiando con el tiempo, y cosas materiales que un día representaron lo suficiente como para conservarlas para el futuro, llega un momento en que ya no significan nada…

Cafe con Teclas

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