Cafe con Teclas

Sarita

Alguien dijo que escribir te permite
disfrutar la vida dos veces:
en el momento y en retrospectiva. Y es verdad.
Siempre me ha gustado escribir, y estoy feliz de tener este espacio donde compartir mis relatos, vivencias, opiniones y gustos.
¡Gracias por visitar!

Sarita

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Woman hitting a snooze button with a water gun

Mi mamá siempre decía que algunas personas son como los búhos y otras son como las gallinas. Las primeras son esas que la medianoche sorprende reacomodando muebles en la sala de su casa. Las otras son aquellas que se levantan antes de que suene el despertador, descansadas y sonreídas. A las 8:00 a.m. ya fueron a trotar al parque, se vistieron, arreglaron, hornearon galletas, hasta les dio tiempo de pintar un cuadro y salvar el mundo de alguna calamidad. Eso sí, por las noches se duermen temprano. Bieeen temprano.

Como las 8:00 p.m. a más tardar las gallinas ya están enchumbaditas en su cama, con crema nocturna en la cara, dientes cepillados y alarma (que no necesitan) puesta. Por otro lado, están los búhos, como mi mamá y yo, que la noche nos encuentra haciendo de todo, lo que sea, menos durmiendo.

Ser búho o gallina no es algo que se aprende ni se planea. Es algo con lo que se nace. Así como hay gente que tiene cabello lacio y otros de pelo rizado. Puede ser genética o puede ser la naturaleza.

Por lo tanto, ese rasgo es algo que debemos aceptar como parte de nuestra identidad. Es por gusto combatirlo.

No saben la cantidad de veces que me he dicho “hoy sí voy a dormirme temprano”. Pero me pongo a jugar 1010!, Candy Crush o Ruzzle en el celular, revisar las redes sociales, si estoy de humor ordeno mis gavetas, me pongo a escribir una que otra cosa, a hablar por teléfono con otros búhos, y cuando veo el reloj ya son las 11:14 p.m.

Así que suelto el celular y agarro un libro o pongo la tele, y cuando ya estoy empezando a relajarme, trance previo a quedarme dormida, suena el clinclic de Whatsapp y es mi mamá preguntando “Holaaa. ¿Qué haces niña?”. Está rayando medianoche y ella aquí preguntando tan casual como si fueran las 3:00 de la tarde y como si hubiera tantas alternativas para responder. La mitad de la humanidad ya está soñando, pero nosotras pertenecemos a la otra, donde están los desvelados.

Me llama, nos quedamos hablando, y cuando cierro ya pueden ser como las 12:24 a.m. Así que apago las luces y cierro los ojos. Pero no. No me duermo.
La ironía es que así como es un problema dormirme en las noches, es un problema levantarme por las mañanas. No importa si me acosté a las 9:00, a las 12:00 o a las 3:00 a.m. Para mí dormir 4, 8 o 10 horas es exactamente lo mismo. Todos los días me paro de la cama con cara de amanecida, cara que no se me quita hasta después del mediodía.

Y ustedes, ¿son búhos o gallinas?

astrology chart with people figurines

Yo nunca creí en los horóscopos, de hecho me burlaba de ellos. Bah, me van a decir que la suerte es la misma para tooodas las personas que nacieron en el mismo mes. Pero eso cambió cuando comencé a leer los pronósticos zodiacales que Lita nos envía cada semana y que publicamos en esta revista. Era algo estrictamente laboral; estaba cumpliendo con mi deber de subirlos al sistema. Tengo que decir que cuando leí Virgo por primera vez quedé como el emoji de la boca abierta. Sentí que Lita y yo somos panas, que me conoce desde siempre, que sabe lo que me pasa, y que lo que escribió era expresamente conmigo. A partir de eso leo el horóscopo de todas las ediciones y hasta me fijo en los signos de gente que conozco, así como para ver qué hay en el panorama, cómo están los humores ajenos y qué nos depara la semana.

De hecho, hace poco adquirí la práctica de que, cuando publica la revista, arranco el horóscopo y lo pego en el mural que tenemos en la oficina para que el resto del equipo lo use de referencia. Es como tener una batería para la vida. Es importante saber que Mercurio va a iniciar su retroceso y que la luna llena de esta semana es favorable para unos, pero molestosa para otros. ¡Es bueno estar preparados!

Hablando con una amiga que es creyente en todo eso, me dijo: “Sari, deberías sacar tu carta astral”. Y aunque en otros tiempos me hubiera reído en su cara, le dije “¡Ok!”. ¿Por qué no? Estoy en una etapa en que todo lo que me ayude a navegar las olas de la vida, cualquier pista, atajo o salvavidas, bienvenido sea. No se pierde nada.

¡Pero, qué horror! Mi mamá no se acuerda a qué hora nací y así empezó un viacrucis que me llevó por cada recoveco de mi casa buscando resolver el misterio. Certificados de nacimiento, álbumes de bebé, llamadas a mi papá, pero qué va. Lo máximo que conseguí fue “naciste más o menos al atardecer”. ¿Al atardecer cuándo? ¿Antes de la puesta del sol? ¿Después? ¿Durante? Pero no, “más o menos al atardecer”, fue todo.

La cosa es que no he dado con la bendita hora, y me siento huérfana de asistencia astral. Me quedaré con las ganas.

bye comic word

Cuando estaba encinta de mi último hijo supe que iba a ser un varón desde que mi barriga cumplió dos meses. Si hubiera podido salir de dudas antes, lo hubiera hecho.

Me da pena admitirlo, pero aquí ya nos conocemos y no tenemos secretos, así que les voy a confesar que ese día lloré como una desaforada en el consultorio del doctor. Y no me callé más que para dormir por los siguientes días. No creo que eso me hace mala persona, solo me hace una humana ligeramente hormonal con una ilusión rota.

Tienen que entender que desde que peinaba a mis muñecas y escribía en mi diario soñaba con el día en que tuviera una hija. Y aunque la pantalla del ultrasonido era incuestionable (iba a ser varón sí o sí), después de tres días, cuando paré de llorar, llamé a sacar cita donde otra doctora, porque en mi cabeza decidí que mi doctor se equivocó y mis ojos vieron mal.

Obviamente la segunda doctora confirmó lo que me había dicho el primero, pero igual me fui así los siguientes siete meses, aferrándome a cualquier estadística lejana e improbable de errores en la interpretación de ultrasonidos. Hey, todo es posible.

Si se quieren reír un poco más, hay personas que cuando tienen dificultad para dormir se ponen a contar ovejas. Yo no. Cuando tenía insomnio me ponía a sumar en mi cabeza la lista de invitadas para el baby shower de última hora que iba a organizar cuando naciera mi niña.

¿Por qué les cuento todo esto? Algunos lo llamarán estupidez; ahora me doy cuenta que era negación, pero yo le decía esperanza. Y como habrán escuchado, lo último que se pierde es la esperanza.

Yo consideraba este lema como algo bueno, pero ahora que lo pienso, en verdad no lo es tanto. ¿Saben por qué? Porque hay que aprender a aceptar las cosas como vienen y como son. Es bueno soñar, querer, buscar y tratar. Pero hay un límite para todo, en especial cuando las cosas no dependen de uno.

La historia de arriba es solo un ejemplo, -muy tonto por cierto. Todos los hijos son una bendición. Pero hay tantas, tantas, tantísimas cosas que debemos aprender a aceptar, dejando la terquedad de lado. No les diré cuáles; cada quien sabrá cuál es el muro con el que le gusta estrellarse, o el que trata pero no puede esquivar.

Carencias en las personas que queremos, relaciones fracasadas, hijos que no siguen los deseos de sus padres, que no prosperen iniciativas para las que no estamos dotados…

No estoy tratando de torpedear los sueños de nadie. Tener ilusiones es bueno. Pero hay que tener la cabeza en las nubes, sin despegar los pies de la tierra.
Porque como ven, todo en exceso es malo. Y la esperanza no es la excepción.

28julio-cafe

Tengo un problema. Me cuesta deshacerme de las cosas. Y si tienen un valor sentimental, peor. Y para mí casi todo significa algo. ¿Así que qué hago? Las voy guardando.

Cuando era adolescente, primero lo hacía en cajas de zapatos; después en cajas bonitas de cartón. Mi sueño era que me compraran uno de esos baúles de madera con olor a cedro y corazones tallados, pero tuve que conformarme con un pinche tupperware de plástico gigante, de esos que venden en las ferreterías, y que aún tengo. Aunque ya perdí un poco la costumbre de ir acumulando cosas y descubrí el placer de botar aquello que no tiene ningún fin práctico, el baúl está que se desborda. La tapa ya no le cierra y al parecer ya no le cabe un dibujo, una tarjeta ni una foto más.

El otro día estaba buscando algo, que entre tanto chéchere no encontré, pero estas son algunas de las joyas que sí aparecieron:

• Un pedazo del papel de pared del cuarto de mi infancia, antes de que lo remodelaran a finales de los años 80.

• Volantes de la Cruzada Civilista, circa 1987, instándonos a usar pito, paila y pañuelo, y a boicotear los negocios de los esbirros de Noriega.

• Mi monchichi, el más preciado de mis peluches. Recordé la fase en que proclamaba que los muñecos tienen sentimientos y mi hermano le pegaba al mío para hacerme llorar…

• Una enorme cartulina amarillenta que dice con coloridas letras infantiles “¡Bienvenida Sarita!”. No me acuerdo de dónde venía, ni cuándo ni quién me recibió, pero me emociona ver que alguien me esperaba con suficiente alegría como para esmerarse en eso.

• Un visor con filtro para ver el eclipse solar de 1991. Puedo usarlo la próxima vez que haya un fenómeno como este.

• El birrete de mi graduación. Eso sí no tiene otro uso.

• Una camiseta de Operación Causa Justa (aka la invasión).

• La primera edición del milenio de La Prensa, con noticias de la reversión del Canal en primera plana. Tal vez se vuelva una pieza de colección. Voy a consultar en eBay.

• Un collar hecho de bolitas de papel de aluminio. No me pregunten; no tengo ni idea de qué es.

• Montones de cartas. Wow, yo sí era diligente enviando y contestando mi correspondencia. Eso me recordó que había una época en que la gente se tomaba el tiempo y la molestia de comprar tarjetas, escribirlas, ponerles estampillas y mandarlas por correo. ¡Hoy en día a la gente le da pereza hasta contestar un chat!

• Casetes de audio. Mato por ver qué contienen, pero no sé dónde encontrar una casetera que sirva en pleno año 2017.

• Todos mis boletines escolares, desde primer grado hasta sexto año. Se los voy a mostrar a mis hijos, a ver si se inspiran un poco en ser mejores estudiantes.

También encontré una piedra, que también desconozco su origen, lo que me puso a pensar. Es chistoso cómo vamos cambiando con el tiempo, y cosas materiales que un día representaron lo suficiente como para conservarlas para el futuro, llega un momento en que ya no significan nada…

The collage of young beautiful woman with healthy and harmful meal

La semana pasada salí a comer con mis amigas Paulette y Joy. Ustedes no las conocen, pero son bien entretenidas y siempre hablamos de todo un poco. En el transcurso del almuerzo, comiendo una papa frita aquí y una papa frita allá, Joy nos comenzó a hablar de un documental que estaba viendo en Netflix llamado What the health y mencionó que según el mismo, comer proteínas es muy malo para la salud y es algo que debemos evitar. En ese momento tuve una pequeña crisis existencial, porque la razón por la que me empujo a comer carne en palito en vez de arroz con pollo, es que supuestamente los carbohidratos son nuestros enemigos.

Le dije a Joy que si Dios no hubiera querido que las personas comiéramos carne, no le hubiera dicho a Noé que metiera siete vacas en el Arca, a diferencia de los animales que no se comen, como las jirafas, de los que solo metió dos. Así iba mi línea de razonamiento.

La cosa es que durante el fin de semana puse el documental, y para cuando terminé de verlo no decidía si prefiero morir comiendo o ayunando, porque según el narrador las carnes, el pollo, los pescados, los huevos, el queso y la leche provocan una larga lista de padecimientos, que abarcan pero no se limitan a asma, problemas cardíacos, diabetes, cáncer, demencia, Parkinson, etc. Claro, podemos comer frutas y plantas, pero no sé qué tan atractivo es vivir la vida como un panda.

Esto me recordó la vez que tenía como 12 años y mi papá me encontró comiendo una ensalada de aguacate y casi colapsa. Me dijo, y cito: “¿Por qué mejor no te comes una barra de mantequilla?”. Tan infame que era el aguacate en ese entonces. No volví a tocar uno como por 15 años, pero de pronto el aguacate se reivindicó y resultó ser que es muy bueno comerlo, porque al parecer no todas las grasas son iguales y algunas son beneficiosas. Y así pasó a ser de villano a héroe.

También recordé cuando en casa de mis padres compraban margarina en vez de mantequilla, dizque porque era más saludable, pero años después alguien sonó la voz de alarma en una de esas revistas médicas que nadie lee, diciendo que comer margarina era tan bueno como comer plástico derretido.

El documental ese me tiene confundida. Ya no sé a quién ni qué creer, pero igual se los recomiendo, porque también barajea algunas teorías de conspiración bien entretenidas.

Cuando terminé de verlo me sentí atribulada y le chateé por Whatsapp a Joy: “¿Qué prefieres, comer o morir de hambre?”, y su respuesta fue: “¡De algo me voy a morir, así es que a comer!”.

Creo que por eso es que nos llevamos tan bien…

dj grandma and grandpa

Exponerse a los rayos UV sin bloqueador solar, ser aburrido, dejar de manejar… Esas son cosas que envejecen a las personas a lo largo de un periodo laaargo de años. Pero si quieren saber algo que lo añeja a uno de la noche a la mañana, esperen a que su primer hijo cumpla 18 años y llegue a la mayoría de edad. Eso sí que te hace sentir tan antigua como una vitrola, como me sucedió la semana pasada.

No importa que el susodicho hijo me lleva una cabeza hace como tres años; tampoco hace diferencia que para darle con la chancleta debo protagonizar persecuciones por la sala y al final me toca afinar puntería y tirársela; ni que los fines de semana llega más tarde que yo a la casa; ni que tengo que mirar para arriba cuando quiero llamarle la atención de algo. (En ese renglón quiero añadir que aunque agites el dedo con vigor, los regaños no son tan efectivos cuando alguien es más alto y fornido que tú).

Me dice mi amiga Tammy que deje el trauma; que el pelao es solo un día más viejo que la noche anterior, pero qué va. ES UN ADULTO. No sé cómo ese trozo de ser humano cupo alguna vez en mi barriga.

¿Leyeron lo que puse arriba? Sí, ya sacó cédula y todo. O sea, podemos ir a votar juntos en las próximas elecciones y hasta compartir una botella de vino. Yo no tomo vino; él tampoco. Pero la esencia de lo que digo es lo mismo. ¡Soy muy joven para tener un hijo ADULTO!

No sé por qué esto me dio tan duro… El lunes pasado me senté a cenar de lo más normal, pero con esa sensación de que algo se me estaba escapando. Y de pronto, ¡pum! me acordé de que venía el cumpleaños al día siguiente y que todavía no había comprado ni cake ni tarjeta ni regalo.

Y en ese nanosegundo, cuando me puse a pensar en qué color o decoración debía pedir el dulce, me cayó encima el entendimiento de que los días de los Power Rangers y Drake y Josh quedaron atrás, al menos para este hijo. Ya me lo sospechaba, pero ahora quedaba recontra reconfirmado.

Sí, sí, en mi casa se siguen mis reglas, así que no me preocupa un levantamiento ni que haya insubordinación. Pero vaya, los años pasan, las cosas cambian, los hijos crecen, y uno aquí madurando como un aguacate…

C’est la vie.

Glass of water with ice. With clipping path

Nunca le había contado esto a mi mamá, pero muchas veces, cuando ya estoy acostada, lista para apagar las luces y dormir, me levanto de mi cama y voy al cuarto de mis hijos a revisar que cada uno esté arropado en su cama, asegurarme de que no se hayan quedado dormidos con las luces o la televisión prendida, y decirles “buenas noches”.

En ocasiones alguno abre los ojos y me pide que le traiga un vaso de agua de la cocina. A veces puede que hasta se pongan específicos y me pidan que le eche mucho hielo. Y aunque tengo sueño, estoy arrastrando mis pies para regresar a mi cuarto, y en verdad quisiera decirles “sigue durmiendo, estás soñando, en verdad no tienes sed”, me acuerdo de que yo le pedía lo mismo a mi mamá cuando era chiquita. Y ella siempre, siempre, siempre me traía agua en mi vasito de Snoopy, me daba un besito y me recordaba de decir el rezo de antes de dormir.

Si yo tenía suerte, hasta se quedaba un ratito adicional para contarme un cuento (aunque por lo usual tuviera que insistirle y fuera bien cortito).

El recuerdo de ese gesto es lo que me empuja a sacudirme el sueño y hacer lo mismo por mis hijos, así que peregrino a la cocina y traigo el bendito vaso de agua, -con mucho hielo. No parecerá gran cosa, pero para mí sí lo es. Desde pequeña mi mamá ha sido mi ejemplo y siempre será mi inspiración.

Hace unos días ella estuvo de cumpleaños, y yo estaba tratando de escribirle una tarjeta bonita. El detalle es que a medida que van pasando los años, te vas quedando sin cosas nuevas que decir y los adjetivos ya te los gastaste todos. O sea, te toca ponerte ingeniosa para plasmar algo emotivo, original y especial, de esas que uno quiere mostrarle a sus amigas.

Y de pronto me vino a la mente esta anécdota, que deja de manifiesto dos cosas:

Uno, que desde siempre, mi mamá se ha desvivido por nosotros desde los detalles más inverosímiles hasta las cosas más trascendentales.

Dos, la buena fortuna que tenemos los hijos de absorber de nuestros padres las muestras de cariño y el buen ejemplo, que en su momento podremos transmitirles nosotros a nuestros propios hijos.

¡Feliz cumpleaños mamá!

TALENT -Realistic Neon Sign on Brick Wall background

Todas las personas tienen al menos una habilidad especial, aunque sea echar cuentos y pegar mentiras. En serio, hay gente que se luce hasta con sus defectos.

Pero hoy no voy a explayarme en eso, sino más bien a mencionarles algunos de mis talentos, los cuales les aseguro que no son nada que pudieran imaginar:

* Desenredar cosas. Llámese cordones, collares, cables, audífonos o slinkys. En serio, si necesitan ayuda con cualquiera de estos artículos, llámenme. No solo soy buena desenmarañando las zapatillas de mis hijos, sino que me encanta hacerlo. Hay quienes se alteran, pero a mí me relaja. Siguiendo por esta línea, me voy a ir un nivel más arriba y decirles que hasta puedo desenredar situaciones. Cuando la gente en mi entorno tiene problemas, muchas veces vienen donde mí a pedirme consejo. ¡Estoy a la orden!

* El poder de rebotar. Así como lo leen. Soy como una bola de básquet, y cuando toco fondo, reboto. Este poder sí que lo amo. Cuando el cielo se pone oscuro, el panorama se torna negro y siento que todo se fue por un tubo, bum, voy en ascenso. Para ser sincera, no sé si esta es una facultad con la que nací o si es algo que desarrollé con los años, pero es muy útil en la vida.

* La facultad de no llenarme ni empalagarme. Esa habilidad en verdad no sirve de nada, a menos que engordar sea algo, pero hallo extraordinario que me puedo comer una paleta de cookies and cream en la tarde, una de café rellena de crema chantillí en la noche, y otra más de las de café un poco más tarde en la noche, como si fuera la primera vez que pruebo algo dulce en mi vida. Y después remato con un paquete de Nachitas con queso, sin pena ni asco. Creo que soy un fenómeno de la naturaleza. Tal vez este talento sirva para inscribirme en un concurso de quién come más hamburguesas, pero lamentablemente no soy muy fan de las hamburguesas.

* Sueño selectivo. Siempre me precio de que tengo la habilidad de apagar mi switch mental y dormir profunda y plácidamente. Pero mis hijos discrepan de mí. “¿¡Qué!?”, me dijo uno el otro día. “No existe nadie con un sueño más ligero que tú”. Esto fue porque la noche anterior los había regañado (les grité a todo pulmón en verdad. Parecía una endemoniada en pijama) porque me despertaron jugando Playstation.

Les expliqué que cuando uno recién se queda dormido, como fue mi caso esa noche, no ha alcanzado el nivel de profundidad en que sonidos de goles no lo despiertan. Así que el otro se metió a decirme: “Mami, no importa si entro a tu cuarto a las 2:00 a.m. a avisarte que llegué a la casa o a las 6:00 a.m. a decirte que me dejó el bus, yo solo susurro ‘mami’ y me contestas ‘¿qué?’ de modo instantáneo. Sueño profundo es el mío, que si me jalan la sábana y me echan agua, no me despierto”. Y en ese momento caí en la cuenta de que mi sueño es selectivo: si los vecinos tumban una pared, creo que no me doy por enterada, pero si estos pelaítos míos celebran un gol virtual desde el estudio de mi casa, ahí sí se formó el bololó.

En fin, esos son mis talentos. Me gustaría saber, ¿cuáles son los suyos?

top secret stamp

¿No les ha pasado? Prueban algo que les gustó -llámese los brownies de la amiga, la ensalada de la vecina o el pollo con papas en casa de la suegra-, les parece rico, quisieran recrear el plato en su propia casa, piden la receta, pero les dan mil vueltas para no compartírselas.

La dueña original probablemente se esté riendo en su cabeza de la osadía que tienes TÚ de atreverte siquiera a SOÑAR que el secreto de un plato taaan especial vaya a ser compartido con una simple mortal como tú.

Me ha pasado. Así que si no me quieren dar la receta, por favor me lo dicen de frente, y no me la den mal a propósito. Gracias.

Esto va con la muchacha de mi hermana, que no voy a decir su nombre, pero rima con Mabelis, a quien un día le pedí la receta de sus hotdogs caramelizados, y me dijo que solo tenía que hervirlos en Coca-Cola. Lo hice una vez, y fue un fiasco culinario. Ni hablar de lo frustrante que fue, porque te sientes como inepta cuando una receta solo involucra hervir algo y ni así te queda bien.

Cuando la llamo y le cuento lo sucedido, me contesta que debe ser que no le puse suficiente Coca-cola. Ok, así que a la próxima le echo una lata más, lo dejo hirviendo una hora adicional, pero tampoco. Después de mucho insistir, fregar y coaccionar, me sale con “¿y no le puso azúcar?”. O sea, si de dos ingredientes que lleva el plato solo me dio uno, ¡se comió la mitad de la receta! Así que a partir de ese momento, cuando mis hijos quieren nuggets de casa de la tía Ariela, los mando a que vayan y se los coman allá, porque ya sé que si le pido la receta a “Mabelis”, vamos a terminar comiendo otra cosa.

¿Saben lo peor? Que en 1999 le di a mi hermana mi receta de la ensalada oriental con fideos fritos, y ella (y por ende “Mabelis”) la empezaron a hacer siempre, así que ahora la gente en mi familia conoce la receta como “la ensalada oriental de Ariela”. ¡Qué horror! La ironía del asunto es que esa receta no es ni mía ni de ella, ni de nadie que yo conozca. Vamos, que no somos Cuquita, así que nuestras recetas no las fabricamos nosotras, sino que las sacamos de libros de cocina comunes y corrientes. Nuestro único mérito es hacerlas y tener la gracia de que nos queden bien.

Esto me recuerda las infames galletas de chocolate chip de la señora Nestley Touloise (los que ven Friends van a entender esta referencia. Phoebe, temporada siete, episodio 149).

Vivimos en un mundo libre, así que cada uno tiene la potestad de divulgar o no las recetas que quiera. Pero si me piden mi opinión, la única circunstancia en la que considero que se justifica que no las compartas es si comercializas el plato por el que te destacas. Si vendo pecan pies, obvio que no vengas a pedirme la receta. Como es la gente, es posible que alguien me monte la competencia empleando mi propia receta.

Pero por lo demás, no sean mezquinos y compartan.

16junio-cafe

Hace una semana fui colada a una actividad muy bonita que organizó mi hijo de 13 años.

Él quería hacer una buena acción y Demo, como le dicen de cariño a Demóstenes, uno de sus profes en la escuela, de esos que se ganan el aprecio y respeto de todos sus alumnos, lo ayudó a planear una visita al Hogar de la Infancia.

Este es un albergue cerca del Mercado de Marisco donde casi una treintena de niños son acogidos por hermanas bethlemitas que los atienden, educan y nutren con cariño y alimentos.

La hermana Luz me contó que algunos niños son huérfanos de padre, otros de madre, pero la mayoría provienen de hogares que carecen de los medios económicos suficientes para que sus necesidades básicas sean cubiertas.

Empacamos emparedados, suficientes pastillas como para un cumpleaños, ropa en buen estado, implementos de aseo y muchas ganas de llevarles alegría a estos
niños.

Tuvimos la suerte de contar con Benjamín Eisenman, quien cautivó con sus trucos de ilusión y magia a esta joven audiencia, las monjas y las voluntarias que ahí estaban.

Por mi parte, también fui éxito, no por ningún talento en particular, sino gracias a mi celular. Puse la aplicación de Snapchat y los más pequeños se deleitaron viendo sus caritas en la pantalla transformarse en alienígenas, hippies barbudos y perritos lengua afuera. Todos querían ser parte de eso. (Me dio felicidad que finalmente le encontré un uso de provecho a la mentada aplicación).

Qué bien cuando surge la oportunidad de ayudar a los demás, y más bonito aún aprovecharla, porque es algo que todos podemos hacer en mayor o menor medida.

Me alegré mucho de haber ido con mi hijo y su grupito. Ese día estaba lloviendo, había tranque, y para ser absolutamente sincera, cuando llego a mi casa, me quito los zapatos y me pongo las chancletas, no me dan ganas de ir a ningún lado. Pero creo que apoyar a nuestros hijos en iniciativas como esta, así sea solo con nuestra presencia, alienta y ayuda a fortalecer en ellos el sentido de compromiso hacia los demás.

Cuando salimos, a mi chiquitín de seis años, quien dos horas antes había estado emocionado acomodando las pastillas en una mesa dentro del hogar, se le cayeron unas tarjetas que llevaba en la mano en un charco de agua gris sobre la acera.

Le vi la cara, y sé que cuando usualmente hubiera llorado, en ese momento las recogió con mi ayuda y la promesa de lavarlas cuando llegáramos a la casa,
Creo que sí es posible lograr eso de contrarrestar oscuridad, trayendo luz al mundo.

Cafe con Teclas

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